Del vergel al desierto, historia de una feria fallida


Es un sentimiento común, casi colectivo, recordar con añoranza los días del Paseo de la Victoria y sus bondades feriales

Feria de la Salud./Foto: BJ
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Feria de la Salud./Foto: BJ

La historia contemporánea de Córdoba está plagada de historias fallidas, de buenas intenciones, mejores propósitos y finales precipitados. Hay excepciones, como en todo, pero la tónica general es la del despropósito concatenado. 

Esta noche comenzará la feria, como casi todo evento, es la más esperada de los últimos años, porque llevamos tres sin ella. Igual que sucedió con la Semana Santa, las Cruces y el etcétera de acontecimientos postergados por la pandemia. Pero, aunque todos la esperen -que lo hacen- la realidad habla de un evento poco agraciado durante las últimas tres décadas, por diferentes casuísticas y un denominador común: el cambio de emplazamiento del recinto ferial.

Es un sentimiento común, casi colectivo, recordar con añoranza los días del Paseo de la Victoria y sus bondades feriales. Cierto es que todos tendemos a idealizar el pasado, pero tampoco lo es menos que perdimos una feria parecida a la de día de Málaga, a cambio de un descampado -que estuvo poblado por establos y un ‘vacie’ que hacen que los árboles no agarren y el estadio se agrietara en su día- y que ahora recuerda más a un desierto que a algo parecido a un real.

Las temperaturas previstas para este primer fin de semana ferial bien valen para recordar los árboles de la Victoria y compararlos con los del Arenal. El vergel y el desierto, que con más de 40 grados valdrá para refrendar que la Calle del Infierno será eso, un infierno.

También se puede comparar la conexión de un sitio y de otro y, de camino, los precios del transporte público que hay que usar, casi de forma obligada y tardar -entre ir y volver- casi lo mismo que el que coge un avión y tiene que embarcar. O la necesidad de toldos y del riego por aspersión, para que el personal aguante el tipo como si viviéramos en Qatar. Y esto sin olvidar que la feria, cuando cae el sol, es parecida al salvaje oeste, alentado por macrobotellones, que ya se han institucionalizado y, en consecuencia, tienen su carta ebria de naturaleza.

Afortunadamente, este año no hay fútbol en el estadio, porque ya les digo que acceder al recinto deportivo es un ejercicio de riesgo. Sin olvidar, que por este modelo de feria fallida han pasado ideas que nunca terminan de cuajar y que se esperan y esperan, hasta cuando de por medio ha habido tiempo pandémico para pensar y, sobre todo, actuar.  

Todo fríamente calculado para hacerlo mal y será quizá por eso que en 25 años el número de casetas se ha reducido a la mitad. Una historia fallida aunque se llene de gente hambrienta de fiesta. Todos allí, pero muchos pensando que lo anterior era mejor, mucho mejor.