La mirada más valiosa


La realidad es que hemos perdido casi dos años de sonrisas, enfados, pesares y emociones. Demasiado tiempo para una vida tan corta

vida mundo ley mirada
Niña con mascarilla./Foto: LVC
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Niña con mascarilla./Foto: LVC

Todo se construye a partir de una mirada, de aquella sonrisa franca de los brazos que te estrecharon cuando eras un niño; de la sonrisa inocente de la chica que te enamoró por primera vez y pasabas las tardes repasando las facciones de su rostro, para aprendértelas mucho mejor que la lección que no estudiabas; del gesto contrariado del primer no; de la cara de enfado de tu madre cuando traías las notas o llegabas más tarde de la hora que te habían dicho; de la expresión de felicidad sincera cuando compartías cualquier cosa con los amigos; de la alegría de una tarde despreocupada en la terraza de cualquier bar sin nombre; del rostro enjuto de aquel profesor de la facultad; del llanto de quien querías por alguien que se fue.

Todo se construye a partir de una mirada en la que reconoces la situación y casi -no siempre sucede- la intención de tu interlocutor. Es un sentido prácticamente imprescindible y cuando falta o falla, lo echas de menos.

Así crecimos y así vivimos hasta hace dos años, reconociendo -a través de la mirada- rostros, escenas y posibilidades. De repente, alguien advirtió que el virus se contagiaba por el aire. Como en casi todo, se negó de primeras y poco a poco se fue dosificando la realidad, que pasaba por la necesidad de usar mascarilla. 

Recuerdo la primera vez que fui a comprar, cuando no eran aun obligatorias, y con mi mascarilla casera (que me manufacturaron, por su puesto, porque mis manos fallan en casi todo lo que no sea escribir y hasta en eso lo hacen) me sentí un marciano en el semidesértico supermercado. Casi nadie la llevaba aun porque, recuerden, no era necesaria. Después, la historia ya la conocen, 700 días con bozal y un sinfín de miradas incompletas. 

Era por un bien mayor y, pese al levantamiento de la obligación, me cuesta entrar a algún sitio y no ponérmela. Pero la realidad es que hemos perdido casi dos años de sonrisas, enfados, pesares y emociones. Demasiado tiempo para una vida tan corta.

Hoy, cuando los niños salieron del colegio, sus rostros eran íntegros y en ellos irradiaba una felicidad plena, que seguramente no alcanzan a dilucidar a sus 7 u 8 años, pero que quema por dentro, como al preso cuando le dan la libertad. Y es que todo se construye a partir de una mirada y ahora ya comienza a ser completa.