Madrugada del destierro


Y así es su destierro, al que “intentar levantarlo / es más cruel aún. Quiere estar solo, / entre dos luces, por aquella calle”

Palio de la Virgen del Desconsuelo./Foto: BJ destierro
Palio de la Virgen del Desconsuelo./Foto: BJ
Palio de la Virgen del Desconsuelo./Foto: BJ
Palio de la Virgen del Desconsuelo./Foto: BJ

Cuando leí el poema de Montesinos la primera vez, un escalofrío me recorrió el cuerpo. Entonces no calibré -solo imaginé- lo que sería, cómo lastimaría la luz aquella de la lenta cera ardida. Aquella obra maestra, creada desde el dolor, era más que el rito y la regla; era la vida que pasa, el tiempo y su ser bandolero.

Ante una imagen se puede sentir todo, casi rozar el cielo con la yema de los dedos, y echarla de menos con la necesidad de quien necesita el faro que guíe sus pasos en mitad de la noche oscura del alma.

Había que esperar al amanecer para limpiar la mente de malos pensamientos, me dijo alguien anoche. Por eso esta columna llega con el día cumplido, con el Viernes Santo surcado de nazarenos que alumbran, que portan la cruz de sus vidas, que lloran bajo el antifaz cualquier pena -bastante imaginable- de dos años terribles, o de una vida truncada, o de un adiós vacío en mitad de la oscuridad.

“Es cruel el destierro. cae de bruces / sobre la dolorosa dicha aquella”, cantaba Montesinos. Y así es la Semana Santa, un camino que se cae y se levanta, que apura el tiempo mortal de sus capirotes eternos. Una fecha repetida y distinta, que nos guía por los altibajos de un camino perpetuo, como los pies descalzos del penitente que avanza por el asfalto, en silencio, sin rostro conocido, porque son miles de rostros los que habitan en su antifaz.

Y así es su destierro, al que “intentar levantarlo / es más cruel aún. Quiere estar solo, / entre dos luces, por aquella calle”.