Estrella del cielo


Desde aquella tarde hasta hoy se han perdido -hemos perdido- demasiadas cosas. Mucha gente se quedó por el camino

hermandad plan estrella
Redención./Foto: Irene Lucena
hermandad plan estrella
Redención./Foto: Irene Lucena

Han pasado dos años desde que sonara aquella marcha. Fue una señal en plena oscuridad. La pandemia dejaba centenares de muertos cada día y la sensación de que no había esperanza iba creciendo dentro, como un demonio invisible.

Una tarde, en pleno confinamiento y a poco de la Semana Santa de 2020, la acción de salir a tirar la basura era como respirar un gramo de libertad en una celda sin rejas, pero una celda al fin y al cabo. En los 20 metros del portal al contenedor olía al azahar que se derramaba por el suelo. Las procesiones, aquellas que hasta hacía unos días se me habían hecho de más -y me aferraba a los recuerdos de las de la infancia-, ahora las echaba de menos.

Al regresar a las noticias, esas que solo hablaban de contagios y muerte, en la lista de reproducción sonó una marcha, Estrella reina del cielo, y algo me sacó de aquel contexto hostil. 

Desde aquella tarde hasta hoy se han perdido –hemos perdido- demasiadas cosas. Mucha gente se quedó por el camino; la libertad se ha ido diluyendo -aun más- en las restricciones paternalistas que nos impusieron; se fueron dos cumpleaños de Marcos, celebrados con vídeo llamadas; se marcharon las noches felices y se cambiaron por el dolor de la vida arrebatada; de los sueños postergados, de una sensación de vacío inexplicable.

Una herida en el alma, la que deja enfrentarse a un enemigo invisible, que te trunca los planes y te ata al miedo, casi para siempre. Recuerdo aquel vídeo en redes sociales el primer día que nos dejaron salir, alguien grabó su recorrido haciendo deporte, hasta llegar a una plaza que conocí bien, la de San Lorenzo, para llegar a la puerta de la basílica del Gran Poder y tocarla. No hubo palabras, pero la imagen fue tan contundente que hizo regresar el escalofrío.

El tiempo ha pasado y no hemos salido más fuertes, sino más tristes aunque hayamos vuelto a tomar las calles y normalidad que dejó de serlo cuando nos encerraron y ese estrato ya queda para siempre. Y, sin embargo, a dos días de que comience una nueva Semana Santa, las cofradías vuelven a sembrar la esperanza de la fe que se derrama por las calles, que se grita en el sonido de las cornetas, que retumba en el rachear de los pies del nazareno y brilla rutilante en su cirio. Todo vuelve, aunque ya no seamos iguales.