Para los que no están


No hay un manual al que agarrarse para afrontar la vida

Representación del nacimiento de Jesús realizada por Miguel Ángel González Jurado para la parroquia de San Nicolás./Foto: LVC están
Representación del nacimiento de Jesús realizada por Miguel Ángel González Jurado para la parroquia de San Nicolás./Foto: LVC
Representación del nacimiento de Jesús realizada por Miguel Ángel González Jurado para la parroquia de San Nicolás./Foto: LVC están
Representación del nacimiento de Jesús realizada por Miguel Ángel González Jurado para la parroquia de San Nicolás./Foto: LVC

Quería que cada frase, si no alegre, invitara a la esperanza y hacer justicia a lo que esta noche se celebra. “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad”, señala el Evangelio de San Juan, el mismo que me guió durante los años en que intentaba estudiar -y comprender- las cosas de Dios.

Las mismas que, a unas horas de que se actualice su venida a este mundo de caminantes, aun me siguen siendo insondables. De San Agustín me quedó buscar sus huellas en las cosas pequeñas, como en la fotografía de mi mesita de noche o en el mensaje al que Javier no falta cada Viernes del Señor (que son todos) con una fotografía, cuya contemplación es el mejor momento de cada semana. Y de Heidegger me quedó la certeza de que la existencia es un presente continúo, que casi nunca sé bien cómo disfrutar.

No hay un manual al que agarrarse para afrontar la vida. Son todo decisiones y circunstancias en las que hay que saber percibir la brisa sutil de la providencia, aunque a veces cueste -y mucho- hacerlo. Hoy no veré a mis amigos, tal vez solo a uno para que me haga el test. Tampoco a algunas de las personas a las que más quiero y a otras que llevo mucho sin ver (y las que se fueron pero están). Pero decía que me quedaron cosas de Heidegger y estarán porque ya lo hacen dentro de ese presente continúo del pensamiento.

Y, como sigo indagando en las huellas de las que hablaba San Agustín, algunas de ellas están en lo que tengo en casa. En quienes se emocionan con las luces del árbol donde preside la estrella y la felicitación, con el Nacimiento, con esa ilusión que ya no sé si tengo, pero que sé que hace habitar en mí algo más profundo que yo. Un amor que es el mensaje mismo de aquel Verbo, que fue hecho carne.