El verano sangriento


Aquel fue un verano sangriento porque, sin saberlo, era el entierro de una vida que ahora no sé si fue mía y si, tan siquiera, fue real

Dominguin (con camisa negra), el escritor norteamericano Ernest Hemingway (junto a Ordoñez) en algunos instantes que plasmo en el articulo que escribio en exclusiva para la revista LIFE al que titulo “Verano Sangriento”.
Dominguin (con camisa negra), el escritor norteamericano Ernest Hemingway (junto a Ordoñez) en algunos instantes que plasmo en el articulo que escribio en exclusiva para la revista LIFE al que titulo “Verano Sangriento”.
Dominguin (con camisa negra), el escritor norteamericano Ernest Hemingway (junto a Ordoñez) en algunos instantes que plasmo en el articulo que escribio en exclusiva para la revista LIFE al que titulo “Verano Sangriento”.
Dominguin (con camisa negra), el escritor norteamericano Ernest Hemingway (junto a Ordoñez) en algunos instantes que plasmo en el articulo que escribio en exclusiva para la revista LIFE al que titulo “Verano Sangriento”.

Hubo un momento en que la vida se abría hacia el horizonte como un mar lleno de posibilidades. Había presuntas certezas, que se elevaban en la categoría idealizada de la adolescencia, de la juventud. El sentimiento de pérdida se mitigaba fácilmente en el paladar con el gusto de aquellos gin tonics de un verano sangriento, más peligroso que el de los ‘sanfermines’ de Hemingway.

Entonces los proyectos se agolpaban en la estantería y se perdían, entre el humo y la ceniza sobre el teclado del ordenador. Había sonrisas y miradas que lo explicaban todo, tanto que no hacía falta hablar. Hasta el calor lo era menos aquel verano o, tal vez, esté demasiado idealizado, porque ese es el efecto primero cuando se deja mirar al horizonte naranja y se pierde la mirada en la nostalgia.

Entonces escribía cada noche miles de frases, inconexas, de las que ya solo recuerdo palabras sueltas, que son como fetiches de tacón de aguja. Ahora, solo la música a todo volumen me permite escribir de cosas de las que ya apenas lo hago e intentar recordar parte del trayecto, de lo que se fue, con la torpe esperanza de comprender el presente.

Entonces llegué a creer que escribir me iba a salvar de mí, que la música de las palabras bajaba de la cabeza al pecho, hasta llegar a los dedos que golpeaban el teclado. Entonces llegué a creer que hasta me gustaban las cofradías y que podía llegar a gustarme lo que era, al menos, cuando escribía.

Aquel fue un verano sangriento porque, sin saberlo, era el entierro de una vida que ahora no sé si fue mía y si, tan siquiera, fue real. Pero hace un par de días, algunos de aquellos versos llegaron a mis sentidos que, entumecidos, regresaron a aquellos días. Se escapó la media sonrisa, poco después regresó la realidad, escribiendo que dos drogadictos han subido a cotas inusitadas la delincuencia en Lucena o el recorrido de otra ‘extraordinaria’. Cómo echo de menos a Hemingway y a los demás.

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