Los liberales comen kiwis


El problema es que los padres, como Papá Estado, regresan con sus normas, sus leyes y, lo peor, sus impuestos implacables

Liberales
Liberales.
Kiwi./Foto: LVC
Kiwi./Foto: LVC

De la anarquía, personal e ideológica, se puede pasar al liberalismo. Es un proceso extraño -lo reconozco-, pero al fin y al cabo es un camino que se puede recorrer y, como casi todos, no está exento de partes sinuosas, de adoquines húmedos y de terrizo con su poquito de grava.

En la anarquía se vive cómodo, es como una zona de confianza donde haces lo que te viene en gana sin dar explicaciones. Es como ese adolescente cuyos padres se van el fin de semana y organiza una fiesta de dos días (algo muy mal visto en este tiempo vírico, por cierto). El problema es que los padres, como Papá Estado, regresan con sus normas, sus leyes y, lo peor, sus impuestos implacables que se llevan lo que tú con tanto esfuerzo has trabajado. Así, tras un lapso indeterminado en que te abrazas a la paz y amor de las políticas izquierdistas, descubres que tras el mensaje envuelto en celofán todo se paga con tu nómina y, detrás de ella, tu esfuerzo. De modo que esa cultura del esfuerzo -valga la redundancia- hay una mentira y un atraco a mano armada y, lo peor, con respaldo legal.

En ese camino estaba, sin saber que iba hacia el liberalismo puro, hasta que conocí a Rafa González. El hecho de tratarlo con el diminutivo es parte del ser liberal, como también que lo pueda llamar jefe o camarada, sin ninguna de las dos condiciones peyorativas per se de la utilización de esa terminología.

Él es el paradigma del ser liberal, hasta el punto de que se puede comer kiwis sin ser vegano y, por ende, relacionar esa condición alimenticia con una tendencia ideológica pseudoprogre. A su lado he descubierto que de ser fascista a liberal hay un trecho tan grande como la ciudad de Barcelona y hasta que se puede ser del Barça sin ser independentista ni tener ansias golpistas. Y esto por más que las etiquetas de la progresía se empecinen en usar esa amalgama en su beneficio.

Ser liberal no consiste en comer kiwis ni en celebrar los goles de Messi, evidentemente, pero sí en tener una ética en que la libertad prima y esa, mientras más se proclama, más falta. Por eso, en estos tiempos en que son minoría y hay demasiado falso profeta del liberalismo vestido de político, he aprendido y me gusta sentirme un liberal, casi como aquellos del 1800 en las Cortes de Cádiz. Constituyentes, por cierto.