El discurso de la culpa


Se recibe con resignación y se aprovecha por el receptor para sentirse juez y parte, aunque solo vaya a ser siempre eso último

coronavirus discurso
Mujer fumando con mascarilla./Foto: LVC
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Mujer fumando con mascarilla./Foto: LVC

Entre ser el señalado y el que señala hay una línea, casi invisible, que marca la diferencia, pero que también abarca los dos extremos del dedo acusador. A nadie escapa que es algo demasiado habitual en las relaciones humanas, aunque en lo cotidiano parece difícil percatarse de esta situación demasiado común, por extendida.

Desde que comenzó la pandemia hasta hoy, muchos han sido los que han estado en una orilla y en la otra. Desde quienes culpaban al Gobierno de permitir manifestaciones que solo trajeron confinamiento, hasta el mismo Gobierno que “nos dejó” salir”, nos invitó a veranear y, después, cuando los contagios subieron, nos acusó de irresponsables por cumplir las mismas normas que ellos nos habían dado.

Una ironía ante la que pocos se rebelan y que, sin embargo, se halla muy extendida en las administraciones, e incluso, en los propios comunicadores. Ahora, los “irresponsables” son los jóvenes que se van de botellón, se contagian y luego llevan el virus a sus casas. No están vacunados y no saben lo que hacen forma parte de un discurso institucional en el que pocos -o tal vez ninguno- mira hacia dentro y reconoce que se ha podido equivocar en esto o en aquello. Eso es inviable.

Se les acusa de ir a fiestas y de beber en la calle (este último un”problema” que viene de mucho antes) como se hizo con los fumadores que “propagaban el virus” en cada calada. Se les culpa de ir de viaje de fin de curso, cuando los que abrieron la movilidad fueron los que tenían capacidad de hacerlo. Se rasgan las vestiduras del alcohol callejero a altas horas de la noche, los que reabrieron el ocio nocturno. Se duelen de las reuniones multitudinarias, esos que han dado permiso a otras de las que no se habla porque no entran dentro del discurso de la progresía asentada como un mazazo en la línea de flotación de la propia libertad.

El discurso de la culpa, como el de la pena, se asienta bien, se recibe con resignación y se aprovecha por el receptor para sentirse juez y parte, aunque solo vaya a ser siempre eso último, parte útil del atrezzo. En esa retórica paternalista se esconden maneras que atacan soterradamente a una libertad que, cada vez más reducida, parece más un anhelo de lo que una vez soñamos y que, como en el resto de aspectos, se ha aprovechado para que el virus la infecte de muerte.