Nada


Las luces dibujaban escenas, cuando la ciudad dormía y apenas bostezaba sobre el asfalto de las avenidas

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Calle./Foto: LVC
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Calle./Foto: LVC

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Macondo era una aldea, un paraíso perdido donde se escondieron, para siempre, los sueños de aquella pasión por escribir, en noches que lavaban su voracidad, cuando amanecían y el humo del tabaco se desvanecía con los primeros rayos de sol.

Siempre olía a café y en el escritorio las cuartillas se arremolinaban, como mecidas por el viento compulsivo de las notas atropelladas. Todo se construía en la mente, con su irrealidad mitificada -agridulce como aquellos finales de la generación perdida-.

No había cafés como en París, pero era una fiesta. Las luces dibujaban escenas, cuando la ciudad dormía y apenas bostezaba sobre el asfalto de las avenidas. Alguien bailaba en una esquina, con una hilaridad innata, antes de que los días y las noches se fundieran (como cielo e infierno) en una amalgama de ceniza y barro.

La soledad llegó a las calles. Las noches cumplieron su cometido atávico. Las farolas alumbraban al silencio con su luz macilenta. Todos callaron y el sonido del teclado ya nunca fue para lo que era. El cometido se partió y nadie supo dónde cayeron los trozos de la fractura. Ya no había nada en aquel invierno nuclear.