Los imperfectos


El bozal para salir ahí fuera se había erigido en la metáfora perfecta de la falsa libertad, alentada desde los mismos lugares donde se cercenaba

coronavirus
Mujer fumando con mascarilla./Foto: LVC
Mujer con mascarilla tras la ventana. confinamiento coronavirus
Mujer con mascarilla tras la ventana. /Foto: LVC

El horror era como un sentimiento de pertenencia adquirido, en aquellos días. Lo que antes era una anomalía, ahora era un titular desapercibido a mitad del sumario. Las enfermedades graves, exóticas, que eran parte del pasado se habían convertido en la letanía monótona de cada mañana.

Unos se escondían, mientras otros clamaban libertad. Miedo e ignorancia conjugaban el verbo nuestro de cada día. El sainete estrepitoso alternaba euforia con llanto, en una bipolaridad que se retroalimentaba en la nebulosa de las ideas manoseadas, por unos, otros y quién sabe quién.

El bozal para salir ahí fuera se había erigido en la metáfora perfecta de la falsa libertad, alentada desde los mismos lugares donde se cercenaba. Cualquier teoría, por descabellada que fuera, si se ajustaba al canon, era argumentada y elevada a la categoría de axioma. Cualquier hipótesis, por visos de verdad que tuviera, si no se ajustaba al canon, era mancillada hasta el extremo que fuese necesario, con sus voceros defenestrados.

Todo valía, mientras la realidad se transformaba en una amalgama inaprensible de días y noches, que podían ser incluso cuestionados para mayor gloria de la verdad creada en el laboratorio. Nadie protestaba más de lo necesario y todos caminaban resignados con sus bozales por la calle, mirando la pantalla, como si esperaran que una imagen, salida de ella, destruyera aquel mundo idílico de los imperfectos.