Necios


Cuatro días todo habría pasado y a esa misma hora ya no habría alarma, ni toque de queda, ni vacío en la calle, ni bares cerrados, ni gente silenciosa escondida en sus casas

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Control de la Policía Nacional./Foto: LVC
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Policía Local./Foto: Jesús Caparrós

Iba de camino a casa. El día, como casi todos, había tenido demasiadas horas (aunque siempre fueran 24, la mayoría, se estiraban y comprimían como si viviera en un multiverso caprichoso). A menos de un kilómetro para llegar vio una señal.

La de los agentes siempre dejaba cierta tensión. Un saludo cortés y luego le pidieron los papeles. Enseñó el permiso y los carnets, justificando el porqué de su estancia en la calle semidesierta. Les explicó que venía del trabajo, que la luz fundida de uno de los faros del coche había sido un suceso repentino, del que le avisó un testigo, nada más arrancar. Que no sabía arreglarlo hasta que fuese al taller mañana, casi hoy, antes de regresar al trabajo.

La mascarilla tamizaba su explicación y la convertía en una especie de susurro lastimero, que parecía implorar que no lo multasen. Los agentes sacaron una boquilla plastificada y un aparatito. No era una pcr, pero bien podía haberlo sido. El resultado fue 0 como el refresco con cafeína que se había tomado para engañar al sueño. 

Pensó que si tenía el bicho, lo mismo les dejaba una secuenciación en el aparato, mientras se bajaba a enseñarles que llevaba el juego de luces en el maletero ¿Lo mismo me enseñan a cambiarlo, pensó. La mascarilla tapaba la media sonrisa y la posibilidad de una multa por reírse de la autoriad. 15 minutos después le dieron paso, casi sin caer en la cuenta que, en cuatro días todo habría pasado y a esa misma hora ya no habría alarma, ni toque de queda, ni vacío en la calle, ni bares cerrados, ni gente silenciosa escondida en sus casas. Era de necios pensar que no habría bicho, pero quienes tomaban las decisiones harían como si casi no estuviese, fuera residual o poco peligroso. La inmunidad la daría su estulticia, el mero hecho de repetirlo mil veces, mientras todos se dejaban llevar por la rendija del sumidero por el que se perdió la felicidad impostada de otro tiempo.