La Guerra


En los lapsos en que no olía tanto a metralla y napalm la gente volvía a los bares, pero las miradas eran furtivas, nerviosas, como si fuera pecado

guerra
Eau-forte
guerra
Eau-forte

Flotaba la hilaridad con esa nube invisible de sentimientos vacíos, que no piensan el día que vendrá. Un carpe díem de descansillo de escalera, al salir de casa perfumado; de barra de bar en el exterior, mientras la gente corriente te miraba al pasar y veían el fuego en tu mirada.

La vida fue como un verano sangriento en el que no faltaron la risa y la charla ebria de la media tarde, con camareros recién planchados para servir a los señores. Las sonrisas eran cómplices, los atardeceres difusos. Las noches envolvían en su nebulosa todo recuerdo que ya no volvería.

Las noticias eran un ruido de fondo tras la pantalla, el día que te tocaba almorzar en casa; o una imagen que pasaba de incógnito en mitad de un bar, a la que solo prestaban atención unos pocos parroquianos, cuando la esfera recorría sobre el tapiz verde el tubo de led. En el faldón de la parte inferior, un mediodía, apareció un rótulo que hablaba de una guerra, pero nadie lo leyó.

Días después, la guerra parecía cercana y, aunque nadie miraba hacia el televisor, las conversaciones del bar comenzaron a hablar de ella. “Aquí no llegará” era la frase con que se zanjaba la cuestión y se pedía otra cerveza. La sintonía amorosa del alcohol no pararía nunca de vibrar. O eso parecía.

Una tarde todos escucharon la televisión. Hasta le dieron voz en la metáfora rotunda de lo que se venía. La guerra había llegado y los fósiles de los soldados resucitaron la noche del fin del mundo. Una batalla, dos, tres y cuatro… las alarmas sonaron antes de que el bombardeo arrasara la vida que conocieron. 

En los lapsos en que no olía tanto a metralla y napalm la gente volvía a los bares, pero las miradas eran furtivas, nerviosas, como si fuera pecado y sucumbir a la tentación poseyese la erótica de lo prohibido. Alguien recordó aquel verano sangriento de comidas con olor a fritanga, vasos largos y el viento invisible del aire acondicionado. Todo parecía demasiado lejano como para recordarlo sin dolor. Ahora todos miraban al televisor, para escuchar los avances de la contienda y cómo nos culpaban cuando la batalla se torcía en la curva despiadada de cada día. El pan nuestro era la noticia nuestra y las calles cerradas antes de que la nebulosa nos empañara los recuerdos.

Nadie supo decir, a ciencia cierta, cómo vino, pero muchos pensaron que ya no se iría. El demonio era microscópico; los generales eran demasiados (como los aristócratas inexpertos que sustituyeron a los almirantes de Trafalgar); las noticias llegaban calcinadas por el impacto del bombardeo y nadie se atrevía a cuestionarlas; los avances dejaban trincheras repletas de cadáveres, que se convirtieron en números.

Todos querían regresar a la vida anterior, pero desconocían -porque no vivieron otra antes- que después de una guerra cambia el orden establecido.