La advertencia del astronauta


De Bosé solo me gusta aquella canción de Bambú, que me recuerda la felicidad de un viaje de fin de curso. No comparto su supuesto delirio, pero...

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Pedro Duque./Foto: LVC
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Miguel Bosé./Foto: LVC

Hablar, o mejor dicho, decir lo que uno piensa se ha convertido en un ejercicio arriesgado, en un juego vertiginoso en el que puedes caer por el precipicio del ostracismo, previo linchamiento mediático. 

La pandemia ha agravado la falta de libertad, si no se habla de lo políticamente correcto. Ejemplos hay a pares. Hace un año, decir que el virus se transmitía por aerosoles era anatema; decir que las mascarillas eran mejor protección que el hidrogel era anatema; decir que iba a haber una segunda ola, tras la desescalada delirante en la que la gente se echó a las calles como zombies, era anatema. Y, sobre todo, negar el relato oficial era un sacrilegio a la verdad del Estado y de los medios que oficializan este juego perverso, en el que hasta el parado no es parado porque está en ERTE él y la verdad de las cosas.

En ese contexto distópico, surrealista y, me atrevería a decir, que nihilista, alzar la voz, aunque sea para decir una barbaridad que casi nadie se cree, per se, es un pecado mortal. Si te llamas Miguel Bosé o Victoria Abril, por poner dos ejemplos candentes, el escarnio mediático es brutal. Hasta el punto que un astronauta que ahora es ministro del Gobierno más mentiroso falsario que se recuerda, se permite pedir responsabilidad.

La mirada amable y el tono paternalista le dan a Duque la autoridad moral para reconvenir a Bosé. Una potestad, la del ministro, que se basa en la misma nada que comparte con sus compañeros de gabinete y que dicta el guapo de su presidente. De Bosé solo me gusta aquella canción de Bambú, que me recuerda la felicidad de un viaje de fin de curso. No comparto su supuesto delirio, pero como todo hijo de vecino, en esto que llaman democracia, debería tener derecho a expresarse libremente sin que lo crucifiquen. No debería ser tratado como un astronauta al que hay que mandar a Orion, para quitárselo de encima y, entre tanto, abochornarlo en dos minutos de telediario y en programas pretendidamente progres, que adoctrinan -o pretenden hacerlo- más que cualquier religión.