La teoría de la imitación


imitación

El cinismo, como la ironía, suele ser síntoma de inteligencia, aunque en ambos casos no se suela utilizar para fines nobles. A casi nadie hace falta explicarle lo que significan los términos, porque se los han cruzado en la vida y, a veces, siendo quienes hacen uso de esa dote del pensamiento humano (un servidor, el primero).

Pero también sucede que el abuso, como pasa con la droga, crea adicción y uno ya no es capaz de dejar de ser irónico, cínico o mediopensionista. El hábito hace al monje, en este caso, ya no se lo quita ni cuando pretende hacer propósito de enmienda.

Sucede como cuando un cofrade disfruta de un buen altar de cultos. Se lo encuentra por la red en una galería y disfruta de las velas iluminando al Cristo con la iglesia a oscuras. Pura estética que, al año siguiente, quiere para sí, como si fuera un derecho adquirido y, para disimular, utiliza términos como “compañeros”. 

Una palabra vacía, cuando los antecedentes dicen lo contrario. Pero, como las olas del virus, la una solapa a la anterior y ya nadie se acuerda de lo que se tragó la marea. Porque, como la mar, la educación intenta engañar a la memoria y no recordar así cada falacia punto por punto o, al menos, no resultar demasiado rencoroso. Porque eso sería como el periodismo cofrade de serie B, el que practican algunos de los que escriben de cofradías y han convertido a sus hermandades en una chirigota. Por eso les va bien poner en práctica la teoría de la imitación, así no te equivocas, o lo haces menos.