El mundo con sus ojos


Niña con mascarilla / Foto: LVC
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Niña con mascarilla./Foto: LVC

Muchas mañanas, cuando atravieso el portón del colegio de camino a la redacción, recuerdo aquellos días de mochila y bocadillo, cuando casi siempre llegaba tarde al instituto. Me ataba las botas a la carrera y mi hermano, más pequeño que yo, era el que me metía prisa. Recuerdo los libros subrayados y dibujados, y los folios cortados a cuartilla donde escribía alineaciones de equipos y letras al azar y en relieve para luego colorearlas, para pasar el rato en clase. Como verán, no fui un estudiante modélico y solo leía los libros que le cogía a escondidas a mi madre.

Pero esta semana, a cruzar el portón, con mi pequeño ya en su clase, recordé una canción de José María Cano. La tarareaba sin acordarme del título, solo aquello de que “ahora tengo un novio, que mide un metro diez” y se me escapó una sonrisa. Cuando la escuché, hace tanto, no le di el significado que ahora le pongo.

Recordé lo que hacemos cada mañana, las conversaciones que tenemos y cómo ve el mundo con los ojos que hace tanto tiempo perdí. Maldije la torpeza de haberlos perdido, la imaginación que se fue y la creatividad entregada a la mecánica de cada texto donde, como me dijo minutos después Rafa, se nos escapa la vida entre coronavirus y política.

Recordé los sueños, lo cumplido y el golpe de bruces con la realidad y regresé al colegio, pasado el mediodía, dispuesto a mirar el mundo con sus ojos, que fueron los míos. Recordé las conversaciones con mi hermano, hasta las de mucho antes del instituto, parecidas a las que tengo ahora con mi hijo. Y me di cuenta que, en el fondo, sigo estando ahí, esperando el día que regrese del todo y no sea demasiado tarde para arrepentirme más.

Una extraña sensación de autoculpa que se potencia en el mundo hostil de la pandemia, donde cada día nos recuerdan que somos los malos, que nos contagiamos por nuestra gran culpa, cuando solo hacemos lo que nos dicen. Quizá, si mirásemos con esos ojos del pasado seríamos capaces de preguntar por qué y, acto seguido, alzar la voz y negarnos a ser cómplices del sinsentido.

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