El lado dramático, que nadie ve, de las cofradías


cofradías
Nazarenos./Foto: Luis A. Navarro
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Nazarenos./Foto: Luis A. Navarro

La Semana Santa no es un paripé, como recordaba Antonio Burgos en su pregón, evocando las palabras del capataz Rafael Franco. Y las cofradías tampoco lo son, por más que muchos -propios y ajenos- se hayan empeñado en convertirlas en un vodevil, que ni siquiera es un sucedáneo de lo que deberían ser.

Pero las hermandades sobreviven a sus hijos, a sus errores y aciertos, a guerras y a pandemias. No volverán porque no se han ido, pero sí estarán para recordar al cofrade que su existencia misma son ellas. En cada culto; en la nostalgia de las estaciones de penitencia que se fueron; en cada boletín macilento guardado en la caja de los recuerdos; en la medalla reposando en la cómoda; en las arrugas de las manos, que nos avisan que queda menos y que ya nos han robado un año de túnica y soledad… En todo ello y mucho más están las cofradías. En una realidad personal que es tan íntima como el anonimato del nazareno bajo la túnica.

Una discreción con la que los cofrades siguen trabajando, haciendo cábalas en silencio para sostener la economía de la institución y seguir ayudando en un tiempo de necesidad, que es -por antonomasia- el de las hermandades. Entonces, alguien recibe una llamada. Una voz conocida que, sin embargo, suena apurada. Lo está pasando mal, pero no pide limosna, sino algo a cuenta de futuros trabajos, para seguir adelante y no cerrar el negocio.

El receptor se hace cargo del problema y le compromete una cifra, que ha calculado apresuradamente, porque los recursos son cada vez más escasos. Pero por la hermandad no queda, por la cofradía no va a ser y la ayuda le va a llegar, aunque sabe que no será suficiente.

Es es la otra realidad, la que nadie ve y las hermandades guardan celosas porque la caridad, con presunción, es otra cosa, un paripé, como bien decía el capataz.

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