Todos se quejan


bbee23a1 a7ac 4855 8b9a e7991de827c3 alta libre aspect ratio default 0 1Yo me quejo, tú te quejas, él se queja. No es cuestión de conjugar un tiempo verbal, pero la realidad es que la crisis del coronavirus ha traído consigo el recrudecimiento de una querencia tan antigua como el ser humano y, sobre todo, el español.

Quejarse es un modo de vida, una actitud que parece inscrita en el ADN. Muchas de ellas tienen su razón ser. La mayoría caen persistentemente en saco roto, pero no por ello se pierde la costumbre. Es como hablar del tiempo en un ascensor.

Unos se lamentan de la normalidad perdida y maldicen al bicho y a los chinos. Otros de que no se toman las medidas suficientes. Unos de que los médicos y las enfermeras sufren mucho, son pocos y tendrían que cobrar más. Unos de que no les hagan test y otros de que los de antígenos y nada es lo mismo. Unos de que se les va la vida en sus negocios. Otros de que ocultan datos. Unos de que las vacunas no son de fiar y otros de que aun no los han vacunado… Mientras los del término medio se quedan estupefactos al ver cómo el proceso de vacunación es extremadamente lento.

El oído se acostumbra a la queja como al número de muertos y hasta a los enfermos se les aglutina en la masa informe de la posverdad. Y así todo vale, desde estirar el chicle del plazo de la segunda dosis y que pase lo que tenga que pasar, hasta vivir en un país con 17 estados de alarma, con medidas a la carta y con el criterio claro de que no hay criterio.

Todos se quejan, pero nadie hace nada.