Tres historias en tiempos de coronavirus


negacionistas coronavirus
Pintada./Foto: Miguel Alan CS
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Pintada./Foto: Miguel Alan CS

No fue como levantarse una mañana y comprobar que el mundo había cambiado. No fue así. Hubo indicios y prolegómenos que daban pistas sobre lo que estaba por venir. Nadie lo quiso ver y, hasta el último momento, apuramos cada sorbo de libertad que nos ofrecía el mundo que habíamos conocido y que -probablemente- ya nunca volverá. 

El coronavirus llegó para cambiarlo todo y que, quienes estaban en posición de hacerlo, se arrogaran libertades y el dictado de lo que es correcto y lo que no. Hasta irse de fiesta es un delito grave, casi tanto como no llevar mascarilla o no estar apuntado en la cartilla de vacunación. Nimiedades que arrojan un significado más profundo y dejan retazos de un totalitarismo rejuvenecido.

La sociedad se ha vuelto triste, más individual y más aborregada. Y, entre tanto, 2020 se nos ha ido con el recuerdo indeleble de la pandemia que robó vidas (hasta las que no se contabilizaron). Mientras en la tele repiten anuncios en los que se invitan a, “¡qué le den!”, no nos paramos a pensar en lo que hemos hecho mal, en cómo nos hemos dejado vencer sin ofrecer resistencia al discurso oficial y no reparando en las auténticas tragedias, ni en los detalles genuinos. Uno de estos últimos fue el de un alcalde de pueblo (en muchos pueblos reside la verdadera política), que se subió al tractor y desinfectó como uno más, porque eso es un alcalde uno más, primus inter pares. Así lo entendió el de La Rambla, Jorge Jiménez, quien con su ejemplo retrató a tantos otros.

Otra historia -repetida por desgracia- se dio en una residencia de mayores. En la de Puente Genil se sucedieron demasiadas muertes y aun rasga el alma recordar aquella carta de la familiar de una de las personas fallecidas. Su denuncia y su dolor demuestran que no son números en un papel o en la pantalla de un móvil, por más que nos neguemos a mirar la muerte como lo que es, parte de cada una de nuestras vidas: con su dolor y su redención.

Y quien les escribe vivió la tercera historia, entre miedos distopías y una hipocondría innata, acelerada por arte de magia por el bicho. Comienzo el año con la aprensión de cada mañana, pero con la certeza de que le temo más a lo que están haciendo con la excusa del bicho, que al bicho en sí. Temo por el futuro de mi hijo, por las generación perdida que se avecina y que no será precisamente literaria. Porque quizá, cuando todo pase y vuelva a pasar, ya no les quedará ni el refugio de un buen libro, entre tanta pantalla y desinformación.

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