Misterio


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Capilla de la Gruta./Foto: LVC
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Capilla de la Gruta./Foto: LVC

Hubo una noche -quizá fueron varias, pero recuerdo esa- en la que llegué a la casa amarilla, la que hicimos entre mi padre y yo. Allí estaban todos, preparando las cosas de la cena. Entre besos y abrazos terminamos de disponerlo todo. 

Sobre uno de los muebles de aquel salón había un Misterio en el que en aquel momento apenas reparé y ahora vuelve con un recuerdo nítido. Todo era alegría y hablar sobre las cosas habituales. Sencillo, pero eficaz. En un momento de la noche subimos unos cuantos a la buhardilla a fumar un cigarro a escondidas. A mi abuela no le gustaba que fumara ni que bebiera, eso era de “maleantes”. Aquel día yo había cometido los dos pecados, pero a sus espaldas, en una mezcla de miedo y respeto. 

No recuerdo a qué hora nos dormimos, ni cómo dormimos. Pero sí aquella comida de Navidad, las risas, la alegría en la casa amarilla, aquella normalidad que se perdió cuando todos se fueron marchando, en la metáfora exacta de la vida, en la que caminamos solos -entre charcos y arena, que decía Juan Carlos- y, puntualmente, compartimos parte de ese camino, acompañados o acompañando.

Aquella Navidad pasó hace mucho y ahora todos hablan de la de 2020 como si fuera tan diferente. Pero hoy la casa amarilla queda muy lejos, como las risas, aquella alegría infinita. Y me viene el recuerdo de aquel misterio y le pido al Niño que me dé -que nos dé- un rayito de esperanza y que los cuide mucho, ahora que están a su lado. 

Aquel día queda casi como un recuerdo que no pasó, pero la soledad posterior es la misma. La que azota a esta generación del coronavirus, mientras unos se empeñan en combatirla en las calles y otros la lloran con un villancico de fondo. Y, entre tanto, recuerdo ese misterio como la escena pura de lo que fue, es y será, mientras la vida se camina solo, entre charcos y arena.