Jugar a las casitas


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Nazarenos de la Buena Muerte./Foto: Luis A. Navarro
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Nazarenos de la Buena Muerte./Foto: Luis A. Navarro

La vida en las cofradías, como en cualquier gremio de la sociedad, no es sencilla. Las aristas son múltiples, los estratos variados y las intenciones diversas. En ocasiones, el mundo de las hermandades se presenta como un arcoíris irisado y redundante, como la expresión que acabo de utilizar.

Ya sean costaleros, capataces, el vestidor o el político de turno, el hermano mayor que se va, el que llega, el precandidato, e incluso, algún consiliario el que busca, pretende, valora e intenta imponer su hegemonía. En el fondo (como todo en la vida y en la sociedad, como decíamos) se trata de eso, de perseguir un papel preponderante.

Hay quien, para ello, ha leído más libros de los que un servidor leerá en tres vidas; quien ha visto más vídeos que el propio YouTube; quien ha montado muchos altares (aunque de estos hay menos); quien ha sacado los pasos que nadie más sacará. Y, así, un largo etcétera de diputados del Congreso de las Hermandades Cordobesas.

En ese parlamento de andar por casa se habla en más idiomas que en el de Bruselas. Y el penúltimo ejemplo de las decenas de dialectos se halla en el tema de la Madrugá. Hay quienes la defiende por una cuestión meramente económica y, dentro de ellos, quienes se han subido al carro para que no les tomen la matrícula. Hay quienes la defienden porque en su día fracasaron en el intento. Y quienes usan ese estrépito para argumentar que no puede repetirse, con un inmovilismo histórico que, cuánto menos, sorprenden. Y hay quienes se han abrazo a esa revolución ‘cheguevarista cofrade’ que traería consigo un reajuste completo de la Semana Santa de Córdoba, vísperas incluidas.

Unos ofrecen dinero y otros ya lo exigen antes de empezar a hablar, en un nada recomendable ejemplo de lo que deberían ser las cofradías. Otros abrazan el sueño romántico que, habitualmente, no tiene buen desenlace. Otros usan los mismos argumentos en contra que utilizan en su favor para otras cuestiones más sevillanas o para defender como cordobés, simplemente, la cutrez. Y los ‘cheguevaristas’ abrazan lo que viene desde un desconocimiento que aterra, pero que es signo de este tiempo.

Todos juegan a las casitas, a salir en la tele, en la radio, en el podcast y en el periódico de turno. Y nadie se ha parado a pensar que el gigante sigue con los mismos pies de barro que hablar de estas cosas con la que está cayendo es, al menos, éticamente cuestionable. Lo dice alguien que escribe de ello, pero que cada día que amanece se ve más extraño en esto de las cofradías y prefiere montar su casita narrando lo que hay y viendo la vida pasar, mientras siente que nada de esto es lo que le gustó de la Semana Santa alguna vez.

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