La vida en tiempos de coronavirus


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Niña con mascarilla./Foto: LVC
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Niña con mascarilla./Foto: LVC

La vida puede ser ir de la mano de tu padre cuando comienzas a andar. El llanto del primer día de guardería. El primer cuaderno de caligrafía y el de matemáticas. Es el aroma de la goma de borrar y la tinta del bolígrafo que te mancha las manos. Sí llegas a casa, donde te espera el perfume de un guiso, que para siempre se te quedará en la pituitaria como una marca de tu ser.

La vida puede ser la sombra de un patio en mitad del verano. La playa inmensa de tus juegos en la arena. La despreocupación del tiempo que no volverá. La adolescencia presuntuosa que te hace creer que lo puedes todo. Las horas de estudio en una biblioteca, los nervios antes del examen y la mente rendida al acabarlo.

La vida puede ser el primer trabajo; la camisa de camarero y una túnica planchada, cualquier día de la Semana Santa. La estampa guardada en un cajón de aquel primer novio, que se vuelve sepia con el paso del tiempo. La postal y la novela que te marcó y te llevaste al independizarte.

La vida puede construirse en aquellas tardes sin pausa con los amigos. Y la sonrisa cómplice de quien duerme a tu lado. Pero también los problemas, el estrés en el trabajo, una vieja traición que siempre vuelve con su cadencioso desencanto. Los sueños cumplidos, pero también aquel que nunca llega, aunque a veces lo roces con la punta de los dedos.

La vida puede ser la crueldad de no tener a quien llevar al colegio de la mano; a quien no verás crecer ni preguntarte sus porqués infinitos. Sentir que llega, pero se va y amar y extrañar a quien ni siquiera has conocido, pero sabes que ha sido. La vida en tiempos de coronavirus es menos vida para quienes no se aperciben del fin de un tiempo, mientras otros lloran la memoria de lo que casi consiguieron en la pandemia y no llegó. Y aun así entiendan que la voluntad se insufló antes de su propia existencia, en la eternidad que aguarda a quienes mantienen viva su esperanza.

La vida es un misterio que se vive entre pandemias, colegios, fiestas y máscaras que nos ocultan en ese carnaval eterno de las horas y que intenta ocultar el sufrimiento, pero también la sonrisa.

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