Acusados


Botellón en el Bailío./Foto: LVC
Botellón en el Bailío en una imagen de archivo./Foto: LVC
Coronavirus./Foto: LVC
Coronavirus./Foto: LVC

Me vino Severino Boecio en una chanza, que poco de filosófica tenía. Es el peaje que hay que pagar por haber estudiado un poco de todo -y de nada- entre la filosofía, la antropología y la teología. Son resortes que saltan en mi maltrecha mente de vez en cuando y, aunque sea en mitad de una broma, me llevan a reflexionar sobre otra cosa.

El concepto de persona, algo de lo que Severino fue pionero, ayudó a sistematizar que no éramos animales, ni esclavos de nadie y que hay una cosa que se llama “derechos de la persona”. Los mismos que han pasado a un tercer o cuarto género en el tiempo actual.

No obstante, eso de respetar la dignidad humana nunca ha sido muy preciado para determinadas clases de dirigentes. Pero no es menos cierto que en la época del reguetón, de la hilaridad de los happy 20th repetidos y del nihilismo de la posverdad hecho bandera es todo más sencillo. Y me explico.

¿Recuerdan el avión que se estrelló en Turquia? ¿Recuerdan los fallecidos de los atentados del 11M o de Las Ramblas de Barcelona? ¿Recuerdan el llanto y el luto institucionalizados? ¿Verdad qué sí? Pues ahora eso da igual. Y lo da desde que un Gobierno se come 20.000 muertes “por la cara” y no pasa nada.

En cualquier otro contexto, un hecho así hubiera rebelado a cualquiera. Y no es menos cierto que un atentado es más contundente, en su sacudida mortal. Pero tampoco deja de ser llamativo que, en estos meses de muerte, oscuridad, de personas muriendo solas en la cama de un hospital sin un último abrazo de despedida; uno de los problemas sea la muerte de una, supuestamente por el color de su piel. Y en un país extranjero. Eso sirve para que la gente salga a la calle. Como también cuestionar la figura de un jefe del estado, para quemar su rostro y de paso la bandera.

Entre tanto, la fiesta privada, el botellón, la mascarilla en la barbilla, no lavarse las manos son ahora ilícitos. Cuando nuestro pecado mortal es el de no rebelarnos contra la infame ocultación de las víctimas y contra quienes censuran sistemáticamente la verdad de lo que sucede.

Y, entre tanto, también podemos llegar a ser acusados de visitar a familiares. El surrealismo de la posverdad no tiene límites, pero tampoco la estupidez de quienes se callan, tragan y siguen caminando.

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