Feliz cumpleaños


el gran poder sevillano por la catedral 1

Te iba a escribir, Señor. Y te iba a pedir, en tu día, que nos salves de todo esto, pero te pido cada noche. Sé que has visto pasar la peste, el hambre y la guerra y que, como cantaba Núñez de Herrera, “su cofradía no sale sino cuando todos los horizontes están claros. Cuando duermen o se ocultan los dolores de Sevilla. Cuando los dolores de la ciudad huyen de su mal de ser dolores”.

Te iba a escribir, Señor, de esos dolores, de esa rabia que desde siempre me invade y que ahora es incomprensión ante todo lo que me rodea: otrora aplausos; ahora, una distancia más gélida de la que pude vivir cualquier madrugada.

Te iba a escribir, Señor, para que no dejes que la mascarilla se me convierta en un bozal. Y, sobre todo, que no lo sea para Marcos. Que no los dejes ir entre esa manada informe que no se cuestiona la vida, mientras los adoctrinan como perfectos ignorantes.

Te iba a escribir, Señor, para que no dejes caer a nadie en esta desesperación de los días, en que la era cambia el signo de los tiempos. Que Victoria resista y que yo no me escuche tanto. Y seamos capaces de encontrar la felicidad en cada momento.

Te iba a escribir, Señor, para que no dejes que nadie relegue la fe a una esfera clandestina; a un experimento social en el que la mayoría venere las normas del Estado y sustituyan la cruz por la bandera, la moral por la ideología.

Te iba a escribir, Señor, para felicitarte en tu cumpleaños, pero ya sabías -antes que yo- que iba a hacerlo.