Los chicos


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Bar. /Foto: LVC
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Bar./Foto: LVC

Cuando llegué a casa, sobe el portátil había un dibujo. Lo miré durante un espacio de tiempo indefinido. Me esperaba una crónica y la hora de la noche no aconsejaba pensar demasiado en lo que Marcos me quería decir con esa casa de siete ventanas y un ojo de buey. Pero daba igual, había que fijarse en cada detalle e intentar descifrar por qué se me escapa el tiempo como el agua entre los dedos.

Como comprenderán no lo hice y, pasado ese tiempo me puse a escribir. Primero la crónica, luego la columna. Ya sabía que, por una vez en mucho tiempo y con la ira caliente de lo que veo cada día, no iba a escribir de ello. Y así han empezado este cúmulo de palabras.

Luego vino el motivo de la columna, el original. Y pensé si a Julio también le deja su hijo dibujos en la mesa para cuando vuelva del trabajo. Sonreí recordando tantas noches y esa eterna imagen de Andrés Calamaro en la retina. Pensé -y seguí escribiendo- que nunca tengo una palabra para los chicos, pero supe que debía ir de uno en uno.

Recordé el 29 y el 30 de agosto, cuando siempre tengo las dos mejores conversaciones del año. También que él tiene miedo a contagiarse (seguro que no más que yo), inmerso en la mitad de este suicidio de la sociedad que es la pandemia. Nadie nos avisó de que nos aguardaba una guerra invisible contra la enfermedad y la muerte (aunque sea de otros y nunca sepamos cuando llegará la nuestra).

Recordé que, pese a todo, esas conversaciones siempre tienen una sonrisa franca, de la que ya solo sale en días contados. Recordé que le debo una visita a Montoro y la mesa de un bar cuando todo esto pase. Y supe que, aunque hablemos tres veces al año siempre parece que fue ayer. Y eso solo pasa con los amigos, que son muy pocos, pero muy buenos.

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