“Tenemos que probar una vacuna para saber que no estamos envenenando a la gente”

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coronavirus vacuna
Test de Covid-19./Foto: LVC
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Test de Covid-19./Foto: LVC

“Nos estamos ilusionando mucho. Ayer leí una entrevista de un investigador de la vacuna de Oxford, que es la que se supone que vamos a tener aquí, que dice que se daría con un canto en los dientes si nos estamos vacunando a finales de 2021, así que yo prefiero hacerle caso a él a lo que digan responsables políticos”.

Así de contundente se mostraba, en el programa de Telecinco de Ana Rosa Quintana, el investigador del CSIC, Saúl Ares. No es un “negacionista” el que lo dice, ni -hasta donde sé- es primo hermano de Miguel Bosé. Ares -que comparte apellido con el dios de la guerra y con un ilustre carnavalero gaditano- no es uno de esos políticos o allegados que cuentan lo que conviene, por esa máxima de que el 90% del personal se traga lo que le digan. 

Será por eso que no le dolieron prendas en señalar que “el tiempo que tenemos que probar una vacuna para saber que no estamos envenenando a la gente es del orden de un año. De aquí a un par de meses no vamos a tener la vacuna y se va a acabar con esto y tenemos que aprender a convivir con este virus al menos un año”.

El mensaje no es bonito, no viene envuelto en celofán, no habla de distribución de dosis en pocos meses… en definitiva, no interesa. 

Uno, que no es científico ni político (y no aspiro a serlo, sobre todo, lo segundo), ya no aspira a creer a nadie, aunque me fío más de Ares que de Illa y compañía. Por eso no espero que el año que viene haya procesiones, como tampoco que el bicho desaparezca por arte de birlibirloque.

Lo que sí espero es un tiempo oscuro, de necesidad, aun mayor que la actual. El pulso de eso te lo dan la calle, las conversaciones en que alguien te cuenta que fulanito ha cerrado su negocio, que sutanito también y que menganito va a la calle cuando lo saquen del ERTE. Y todos se lamentan de que aquí solo hay turismo y se mentalizan de que la crisis va para largo en la desolación de no tener perspectiva de que a alguien le vaya a dar por mirar con las luces largas y poner las bases de un cambio que, o llega, o nos hundirá aun más.

Ese es el sentir de mucha gente anónima a la que los remanentes les suena más a chino que el virus.

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