Apestado a crema solar


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Vivo en la contradicción, lo reconozco. Por un lado intento cumplir los mandamientos de las autoridades sanitarias para no coger el bicho. Y, por otro, no dejo de pensar que el bicho es una cosa bien distinta a lo que nos han contado para dar la puntilla al aborregamiento global.
 
Por un lado pienso que tanto fumar me va a matar y si me coge el bicho se va a cebar conmigo. Y, por otro, tengo la certeza absoluta de que me voy a morir, ya me maten el bicho, el pulmón o un conductor despistado, vaya usted a saber.
 
En esa trascendencia estaba en una playa cualquiera, mirando hacia la inmensidad, silenciosa y azul, del mar insondable, cuando por la izquierda se me vino un intenso olor a crema solar. Incliné el cuello, no hizo falta un giro brusco, para ver a un grupo de madres e hijas que se acercaban a la orilla pertrechadas con los avíos necesarios de la gente guapa para un día de playa. Pareos coquetos, bronceado perfecto, mascarillas a la última (que hasta el coronavirus da la oportunidad de ir a la moda) y bikinis tipo tanga para ensalzar los glúteos y el topless de silicona, que  hay que lucirlo porque costó un dinero.
 
Todo era hermoso, todo era sol y piel morena, salvo por el detalle de la peste a crema bronceadora que no se aguantaba, por las palabras malsonantes de las niñas, repitiendo insultos entre la hilaridad de lo cotidiano. 
 
La escena mejoró con dos chavales jugando con las palas. Pasó el vigilante de la Stasi, perdón de la Junta y ni los miró, entretenido con la estampa de las féminas. Al rato un hombre y su hijo jugaban con una pelota hinchable, de esas que llevan publicidad de crema solar. El vigilante prejubilado pasó de nuevo. El olor al protector no se iba ni porque la chupipandi jugara en el agua. Algo que debió incomodar al supervisor de la playa porque reconvino al padre del niño, quizá porque jugar a la pelota tiene una probabilidad de contagio mayor que un concierto de Maluma. De hecho, un pelotazo en la espalda tiene una carga vírica importante, todo el mundo lo sabe. Como también la posee cualquier gramo de libertad, esa que nos han quitado y de la que solo quedan reductos que huelen a crema de protección solar.