El virus comunista


Acusar / Foto: LVC

Mi vecino fuma en la calle”. Esta podría ser la denuncia de cualquier ciudadano comprometido con la causa “anticoronavirus” en la que está inmersa la sociedad, de la mano del papá Estado. Una denuncia inocente y una multa apropiada para el desaprensivo que le da una calada al cigarro bajo el mismo sol que los demás. Y otra multa para el apache número 11 que se sienta en la mesa del bar. Y otra para el dueño del establecimiento que cierra a la una y tres minutos de la mañana.

Esos tres son los ejemplos de contagio masivo. Los sujetos del plan de choque de un Gobierno que acumula infectados en el walking dead de la España zombi que, por suerte, ya dejó de aplaudir en los balcones para lanzarse a las playas, donde bañarse es una suerte de ingeniería de andar por casa, para calcular la distancia de seguridad correcta. Es más fácil echarse a uno mismo la crema de protección solar que saber si estás a metro y medio, dos o tres de las sombrillas que te flanquean y de cuyos moradores sospechas por el simple hecho de ser posibles portadores del virus chino.

Y aunque en China ya no queda de comunismo nada más que la dictadura del Partido, el virus es tan chino que es comunista y provoca prohibiciones por doquier. Y todas las autoridades, del signo político que sean, se pliegan a ellas y dejan que la población viva en una sospecha permanente del vecino de al lado, del que te viene de frente por la calle, de quien pasea al perro, del conductor del autobús, de quien va a tirar la basura delante de ti.

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La sospecha es así, una suerte de vida como aquella de la República Democrática Alemana. Falta la Stasi, aunque quién sabe si no está camuflada en las capas de la sociedad de la pos verdad que, como diría González, sabe más de guapear que de otra cosa.