El gran brote

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Boris Johnson./Foto: LVC
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Boris Johnson./Foto: LVC

La crisis del coronavirus guarda, inevitablemente, similitudes evidentes con otros periodos históricos. Y, con algunos de sus protagonistas, sucede como con los de las novelas de Fitzgerald, donde se expone la imagen del triunfador vencido, que consigue su objetivo a cambio de todo.

Un patetismo que salta de la ficción a la realidad con la impunidad de la certeza subyacente de que cada vez hay menos lectores y, por ende, menos espíritu crítico (si es que de eso queda algo). Así un líder (por llamarlo de alguna forma) puede decir ahora una cosa, luego la contraria, realizar un triple mortal con tirabuzón con otra y acabar el salto en la plataforma del trampolín.

Es el tiempo del absurdo en el que nos ha tocado vivir. La necedad elevada al superlativo, para transformarla en brillantez por ciencia infusa. Basta con mirar a los “líderes” mundiales para apercibirse de que el que no parece que está loco, poco le falta. Y el que está cuerdo es un ignorante con poder, aun más peligroso cuando se agita todo en la cocteclera. Así el mundo anda infectado y España se ha convertido en un Vietnam contemporáneo, donde las minas y emboscadas del Vietcom son los brotes.

Los llamados líderes, como con el cambio climático y tantas otras cosas, realizan llamamientos a la población en la que, de camino, la culpabilizan de los contagios, con la sutileza torpe de sus mensajes manidos. Los mismos líderes que negaron la pandemia, con el órdago de quien juega a las cartas. Los mismos líderes que sacaron pecho porque en su comunidad había menos casos, queriendo hacer de los circunstancial mérito de su gestión (ahí está el oportunismo). 

Los mismos gurús que dijeron que aquí no iba a llegar, si acaso un par de contagios; y que ahora ven bien que no vengan ni ingleses ni belgas. Esto mientras otros se rasgan las vestiduras por el daño que se hace a la economía. Una economía dañada estructuralmente en su base desde casi siempre y que nadie se detiene a analizar con grandes miras y hacer de la crisis una oportunidad para dar un giro decisivo a décadas vista. Para eso no hay líderes, porque los de hoy -como un gran brote- solo miran lo conseguido, el puesto, la foto y el vídeo donde los suyos lo jalean. Es el patetismo del triunfo a cambio de todo que, en definitiva, es la misma nada.

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