Aislados

59

Zurera
Aguilar de la Frontera./Foto: LVC

Pasan las horas como en aquellos veranos nucleares de la infancia. Desde la cama a la ventana se vislumbraba un edificio de ladrillos sin enlucir, a medio acabar, como una metáfora de la vida de cualquiera. Horas después, cuando el calor bajara la intensidad, ella vendría a recogerme para jugar y, algo tan sencillo -llámenlo simple- ya ponía al niño que era contento.

Pasaron los años y los veranos siguieron siendo calurosos -sangriento o peligroso alguno- pero veranos al fin y al cabo. Todos fueron hasta llegar a este, en que me siento más viejo, más cansado, menos resistente a los 40 grados. A cambio, le he perdido miedo -que no respeto- al bicho y he vuelto a dejarle a los cofrades alguna media verdad, que si la dijera completa me expulsarían vía edicto de emperador romano.

Miro las actitudes de la gente con perplejidad, pese a que desde hace tiempo no apueste un euro por la sociedad que viene. Miro con perplejidad las actitudes irresponsables de los chavales, el pasteleo de quienes no se atrevieron a poner ni la sola imagen de un ataúd, o de quienes señalan a un positivo por la profesión que tiene. Miro con estupor lo que puede llegar sin plan A, B o C. Y miro con insolencia a quienes tildan de alarmistas a los únicos que tuvieron valor para contar lo que venía.

Y sin embargo, desde horas antes de escribir estas líneas no puedo dejar de pensar en aquellas tardes de los veranos de la infancia, en la casa de Aguilar. La misma que estaba a pocos metros de donde ahora buscan a Ángeles; en la levedad de nuestro sino; en la extraña sinfonía que se corta de cuajo y llena de dolor a quienes la conocieron.

En cambio, preferimos vivir aislados de la realidad, pero no soportamos una cuarentena voluntaria para contener una pandemia. Eso somos.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here