El alcalde insurrecto


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Playa de la Colada./Foto: Antonio Jesús Dueñas
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Playa de la Colada./Foto: Antonio Jesús Dueñas

Nos refrescamos a la sombra de una encina. No, no es el título de una sevillana de María del Monte. Y bien qué podría serlo, ahora que estamos envueltos en el surrealismo más absoluto. 

El coronavirus ha traído una de esas pandemias que creíamos eran cosa de tiempos pasados; ha traído respiradores; semanas de UCI para muchos pacientes; muerte; desolación para muchas familias; desinformación; lutos tardíos; funerales a los que no se digna a ir el presidente del Gobierno; y, sobre todo, la certeza de que la escasez de vida inteligente que había en la sociedad, previa a la pandemia, ahora ha corroborado el presentimiento para elevarlo a la categoría de axioma.

La mayoría de los líderes políticos pertenecen a esa escuela de la estulticia, la regalía y la servidumbre. Y así asistimos a escenas bufonescas que la multitud aborregada es incapaz (por atrofia cerebral severa), no ya de mantener espíritu crítico, sino de darse cuenta de que lo que está en juego se llama salud, vida, liberta, progreso y superación.

En Córdoba tenemos nuestros pequeños y pintorescos ejemplos de ello. El penúltimo (siempre el penúltimo porque alguien vuelve a sorprenderte) lo hemos visto en la Playa de la Colada o con la playa como excusa. A mí, que adoro la inmensidad y el silencio del océano, llamar playa a un paraje cálido con encinas ya me cuesta un mundo. Pero preferir abrir un pantano a una piscina ya me resulta, cuanto menos, peculiar en este contexto.

Partimos de una premisa, todo apunta a que el “bicho” se maneja mejor en agua dulce que en agua salada (suena a canción de Julio Iglesias, lo sé). Todo apunta a que el “bicho” es más fácil de matar con el cloro y control de acceso de una piscina que del campo abierto, a la par que acotado. Todo apunta a que cuando se vota, se acata lo que dice la mayoría. Y todo apunta a que el que manda debe velar por sus gobernados.

Pues bien, el alcalde de El Viso (que ha suspendido con gran dolor y padecimiento sus festejos) es de otra opinión. A él, si en la Mancomunidad de Los Pedroches votan que se abren las piscinas, él parece opinar que a la minoría hay que escucharla y no la abre. Prefiere su Playa de la Colada, pese a que haya sequía y que en la presa se viertan aguas residuales. Por no hablar de que la probabilidad de coger el “bicho” allí se antoja más alta que en una piscina con su cloro y sus productos químicos.

No se si eso último será de fachas, pero que el acto de rebeldía consista en abrir una playa da una medida del nivel, que asusta.

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