Las calles están tranquilas porque los bares están abiertos

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Hornachuelos calles
Mesas de bar./Foto: LVC

La vida es una cárcel con las puertas abiertas. El verso d Andrés Calamaro en Media Verónica, mucho antes de sentir el vértigo patriótico, ahora parece el fósil de una generación perdida, que no ha de volver.

Una generación que aun se cuestionaba por los grandes temas, las grandes preguntas. La vida y su sentido; la muerte y la vida eterna; los porqués de la existencia. Un largo etcétera que, en algún lugar del camino se desvió hacia la raya que te deja marcada el barbero (esa denominación –vintage y cool– sí se ha recuperado), en el lugar  del cuerpo en el que hacerse el tatuaje, en salir de fiesta y estar divina para la foto del Instagram.

Todo pose y nada de fondo. Hubo quien, inconsciente de él, pensó que el confinamiento, la pandemia, las muertes… servirían para que mirásemos hacia el interior y recuperásemos esa conciencia de humanidad perdida. Nada más lejos de la realidad.

Nadie quiere apercibirse de lo que ha pasado y, mucho menos, responsabilizarse. A nadie parece afectarle que se haya mentido con descaro alevoso sobre los contagios y, mucho peor, sobre las cifras de muertos. De hecho, se hacen hasta tazas y vídeos con el vocero de la ignominia.

A nadie le preocupan los dramas familiares, qué más dará si eran personas mayores, pensará alguno de los que se mete en los clubs de ocio nocturno (qué fino), se tira a la arena de la playa con su cuerpo de sílfide noruega; mientras se cree inmune a los efectos del coronavirus por su juventud. Pero ya lo escribía Fitzgerald, eso se pierde y el vacío posterior es aterrador.

A nadie le preocupa -o a muy pocos- tener a un Gobierno que, pese a sobrepasar todas las fronteras de la inoperancia, campa a sus anchas sin que nadie lo reprima. Y es que las calles están tranquilas porque los bares están abiertos.

Y, mientras muchos hacen fila para recoger comida, en los telediarios hemos visto en dos meses más bares y playas que en uno de esos programas estivales que viajan por la costa enseñando el muestrario de paellas.

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