35 días

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Blas.

Hay momentos en que se te para la sangre, casi literal. Y uno de ellos lo viví hace 35 días. El mensaje era escueto, directo, “estoy en el hospital, te llamo cuando salga”. En ese momento recordé a los médicos que había escuchado en los podcast de Iker y sabía que la llamada iba a tardar mucho en producirse. Y eso, con suerte, porque la cosa comenzó a complicarse por horas.

Así llegó el mensaje de aquel Martes Santo, casi el peor posible. El asunto pintaba mal y llegaron los días de la travesía por el desierto, en los que siempre encontraba un ratito para rezar y otro para maldecir a los que ponían la discoteca en el balcón. Pero también me sirvieron para reencontrar a esa parte de mí de la que llevaba demasiado tiempo hablando en tercera persona.

Que la muerte nos mira de frente a cada instante es una realidad constante y perpetua, por más que miremos hacia otro lado. Lo que sucede es que a veces, ya sea a uno o a través de alguien a quien quieres, te sacude con tanta fuerza que te deja impávido, frío, tieso.

Mientras pasaba el tiempo, pensaba en cómo sería esa soledad en la cama de la UCI, pero también en aquel último viaje a Puente Genil, en el cuartel, en aquella primera saeta al comenzar el programa que me devolvió a un tiempo que no volverá. Cada día, hasta hoy -y mañana lo seguiré haciendo-, mientras contemplaba los datos del parte recordaba que esos números (hospitalizados, ingresados en UCI, fallecidos, curados) no son sino personas y una de ellas era Antonio. Y también eran sus familias, sus amigos y la gente que, en definitiva, los necesita a su lado.

Una perogrullada que, a demasiada gente, se le ha escapado en su falta de humanidad y, sin eso, no somos más que una suerte de cúmulo de moléculas parlantes.

Hoy (cuando escribo esto) es 7 de mayo, el día en que se celebra que San Rafael se apareció al padre Roelas. Antonio ha salido del hospital en una fecha que no anda exenta de simbolismo; y pronto quizá volvamos a esa dehesa que tanto le gusta. Han pasado 35 días y la llamada pendiente es cuestión de horas. Pero lo importante es que su fe y la de su mujer han sido inquebrantables. El regalo es la vida.

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