Hasta perder la cuenta

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Montoro Belalcázar Montilla Ayuntamiento coronavirus Junta Priego Consumo
Muestra de coronavirus./Foto: LVC
Montoro Belalcázar Montilla Ayuntamiento coronavirus Junta
Muestra de coronavirus./Foto: LVC

Primero, el miedo -con su sacudida de realidad- te quita las ganas de salir a la calle. Segundo, la casa se presenta como una oportunidad de hacer las cosas que, hasta hace unas horas, la terrible rutina no te daba la oportunidad de realizar. Tercero, sales al balcón para aplaudir como un poseso a los policías (cuando hubo un tiempo en que corrías delante de ellos, si tienes más de cuarenta). Cuarto, un domingo por la mañana  te peleas a muerte para hacer la compra online y buscas lejías para desinfectar el alimento cuando llegue.

Quinto, comienzas a ver series como un loco y te das cuenta de que ver Netflix es mejor que ver al Barça jugar a nada. Sexto (este es el paso que más me gusta)  crees que vas a hacer un Juan Carlos Aragón y vas a llevar a la soledad al altar y te emocionas con el Resistiré. Séptimo, comienzas a cansarte de salir a aplaudir, aunque la jarana que se monta después te ayuda a evadirte. Octavo, la soledad es como tu exmujer, nada le viene bien. 

Noveno, ya no te duchas al levantarte y cualquier hora es buena para casi todo. Décimo, llegas a la constatación empírica de que el teletrabajo es un invento maquiavélico para que trabajes el triple. Undécimo, recuerdas -como si tuvieras ochenta años- cuando eras joven y hasta a la primera novia que te puteó lo indecible, pero tienes la tentación de mandarle un mensaje. Duodécimo, el Netflix te cansa ya más que Bartomeu y Pedro Sánchez como director deportivo. 

Doce más uno, quieres asaltar un bar y que te detengan los nacionales para sentir algo de adrenalina en tu vida. Catorce, la vida es una mierda y no vas a salir nunca de tu casa. Quince, el coronavirus es una excusa perfecta para que te espíen el móvil por derecho, te quiten las libertades por derecho, se rían en tu cara por derecho, no veas nada más que lo que quieren que veas con la justificación de su santo poder transferido por los juerguistas de los balcones.

Has tardado pero lo has visto, eso y mucho más. Entonces te armas de valor y mandas un mensaje a alguien a quien heriste. Sabes que ella no va a responder, pero sabes que debes hacerlo. Arrepentirte, ponerte en paz y ver como el mundo arde en las calles semidesiertas. Es un fuego invisible al ojo humano, pero estar está, como el Covid-19.

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