El invitado


Fiesta de Fin de Año en Las Tendillas. / Foto: LVC
Fiesta de Fin de Año en las Tendillas. / Foto: LVC

Entré en el pub, no sé ni cómo. Me habían colado, tal vez, porque el de seguridad no estaba mirando y pensando en sus cosas: en el chico que estaba borracho en la esquina; en que le quedaban demasiadas horas hasta acabar el turno; en que cuando regresara a casa dormiría demasiadas horas, mientras los demás tomaban el pulso a la vida; en que mientras todos se divertían él trabajaba…

¿Quién sabe? Y yo lanzo hipótesis ahora, entonces tenía 14 o 15 años y era la primera vez que me llevaban a un sitio así. Cualquiera que me haya visto crecer recordará la extremada cara de niño que tuve hasta los 30. Por lo que, ciertamente, el portero no estaba mirando mi cara de susto, con sus granos y su pubertad atronadora.

La chica que me coló era mayor que yo (ella es mi efecto secundario del confinamiento). Ella y sus amigas tenían la deferencia de hablarme, mientras yo no era capaz de responder sino con monosílabos. La timidez siempre fue el mejor de mis rasgos, por culpa de ella empecé a escribir. Y aquel sitio no ayudaba. Mientras todos se divertían me preguntaba cuándo sería capaz de dejar de beber cocacolas e integrarme en la fiesta. Dar muestras de la más despreocupada hilaridad, de balancearme -grácil- y dejar que la música se colara por mis huesos. Acercarme a la barra y sonreír a la camarera (ahora, por eso, eres el peor de los micromachistas).

Entonces ya sabía que nunca sería parte de aquella fiesta. Como mucho, un invitado más que aparece y desaparece sin que apenas nadie se percate, como un publirreportaje de los que echan por la tele de madrugada. Ahora me alegro de haber mantenido la distancia (aunque fuera por un imperativo de la personalidad). Ahora que las calles están semi vacías, que la vida está casi cerrada en el exterior, que no hay música en los bares, que echo de menos la barra del Mariano cuando le doy el primer sorbo al café de estas mañanas extrañas. Ahora, mientras escucho los ecos de la sociedad que se queda atrás me alegro de no haberme encariñado con ella. 

Y, como en aquellos años de adolescencia, la vuelvo a observar mientras se hunde y en el barco sigue sonando la orquesta. Ahora, que todas las celebraciones concurren en el confinamiento recuerdo aquellos cumpleaños de medias noches, patatas, aceitunas y la tarta de nata con la casita de chocolate. Ahora, creo que la libertad que nunca tuvimos será menor aun mañana. Ahora, como dice alguien muy sabio y muy chiquito, el bicho nos lo ha quitado todo. Menos el recuerdo de lo que fuimos. Y es que, aunque invitados -como en mi caso-, era una vida, que ya no volverá.