Golpe de estado, efecto secundario y resurrección


media
Pablo Iglesias./Foto: Jesús Caparrós Podemos
Iglesias 2
Pablo Iglesias./Foto: Jesús Caparrós Podemos

A finales de los ’80 los telediarios tenían un apartado especial para Beirut, la ETA y la OLP. A finales de los ’80, la vida me propició un encuentro con la muerte que no entraba en mis planes, porque la muerte no entra nunca en el plan de un chico que sufría la pubertad y, desde ahí, ocupó toda mi vida y mi preocupación.

Entonces, nunca creí que la cosa fuera a peor. Más diabólica, más insensata y más kamikaze. Como casi siempre, el tiempo me dio argumentos para decir de este agua no beberé. Desde entonces hasta hoy, las mujeres me hicieron ver que el fracaso es el hilo conductor (que me crucifiquen las feminazis). Especialmente, las rubias me hicieron sufrir como en el Tour de Francia sube un rodador las cuestas inabarcables de los Alpes. Y el género humano me hizo ver que su decadencia no tiene fondo.

Aun hoy, leo justificaciones al felón comunista que se hizo el chalet en la tierra de José Tomás. Roma no pagaba traidores, pero esta sociedad perdona al infame -u olvida sus cuitas- en lo que dura una Cancio de J. Balvín. Veo como se puede hablar con todas las letras de un golpe de estado y que nadie se inmute y, con más de quinientos muertos al día, en los balcones se ponga la música de Los Manolos. 

Tenemos lo que nos merecemos, pero a finales de los ’80  aprendí que, aunque tracionara a mis ascendentes, si tenía que luchar lo haría por algo en lo que creyera. Por eso, lucho -y esto no es un bulo, aunque para Ferreras y el inquisidor del CNI lo pueda parecer- y si tengo que caer que sea con clase y llamando por su nombre a los felones de sus adeptos; a los bolivarianos que se van quitando la careta; a esos que no merecen representar a un país que, manso, se deja prostituir hacia una dictadura que -nadie lo quiera- llegará si no alzamos la voz y nos rebelamos contra los que nunca amaron la libertad. La misma con la que unos callan contra quienes no respetan su duelo en los balcones.