El autobús vacío


Trabajadores desinfectando un autobús de la empresa municipal de transporte./Foto: LVC

Me siento en la terraza. Ha caído la noche y me fumo un purito para desafiar al establishment de la liga antitabaco. Sé que me mata, pero de este mundo no saldré vivo igualmente. Abro una lata de cerveza, que también mata, pero no hay nada que me asegure no morir. Me río de mis propias tonterías mientras escucho a Calamaro. Honestidad Brutal se llamaba el disco y me marcó la juventud.

Desde donde alcanzo a ver, se ve un parque (siempre con alguien paseando al perrito, que los perros tienen más derecho que yo a salir a las calles), coches aparcados y, por encima de ellos, observo el autobús. Su luz amarillenta intensifica el vacío, al conductor solitario que transporta a la máquina -o la máquina a él- en el apocalipsis zombie en que vivimos.

La tonalidad de la luz del bus lo hace aun más elocuente en su metáfora. El vacío, la nada de Sartre y el estar ahí del conductor, tan existencialista. El autobús es la posverdad, el ridículo de un mundo caduco, que ya ha sido arrojado a la basura de lo que conocimos. Tengo la tentación de abrir la puerta, de salir andando a ver qué pasa, cuándo me para, qué me dicen. La libertad se ha esfumado por la dictadura de la salud pública. La misma que tanto preocupa en los balcones cuando se “homenajea” a los caídos con canciones a todo trapo.

Suena Victoria y Soledad en el reproductor y la metáfora ya roza el cielo. Pienso en dejar de trabajar y pedir la paga ¿Sería desafiar al sistema? Los imbéciles rezuman como la espuma de la cerveza en el grifo de uno de esos bares a los que ahora no vamos. Los imbéciles que se derraman desde la cúspide de la pirámide hasta la base. Sí, sí, imbéciles con todas sus letras y que, por sí mismos, conforman la mayoría más absoluta. Termino de escribir, recuerdo el bus vacío y espero a que venga el jefe de Tezanos a decirme que escribo bulos y que ponga la información oficial. La Stasi está aquí.