El mensaje y el simpa


Ticket./Foto: LVC

Cuando cumplí los 30, hace tanto ya, me sentía una flapper en plena fiesta indolente, minutos antes de caer al precipicio. Todo era un éxtasis prolongado, como el famoso canto del cisne, salvo porque no sabes que el bicho estaba cantando y el ocaso vendría en la última nota. Lo que vendría después fue una crisis en el establishment y la rabia propia de quien echa la culpa al otro, ya sea el que manda (que tenía un porcentaje más que elevado, en aquel entonces), ya sea el jefe que te despide, ya sea el vecino.

Lo de culpar al profesor es la retahíla del mal estudiante. Y eso lo sé bien porque lo practiqué en el instituto con la destreza de un cirujano. Pero la realidad que si el profesor no es bueno, ya puede ser el alumno un superdotado que no le va a ir fina la cosa.

Así, tras pasar aquel desierto llamado crisis volvimos a la vieja costumbre de la fiesta eterna, de las verbenas de Claudio Rodríguez y del horizonte repleto de juerga. Nos fuimos de la mano con los milenials y acabamos con la borrachera pueril y absurda quien no tiene edad, o aguante, para beberse todo el Champagne de la fiesta. 

Cuando se abran las puertas del confinamiento y salgamos de nuestras casas nos espera una atmósfera más limpita y un porvenir más oscurito, que van aderezando nuestros gobernantes, subsidiando por aquí y por allá, para asegurar el voto y que, de paso, nadie (ese nadie son los subsidiados) tenga que matarse ya no a trabajar, sino a no buscar ni siquiera un empleo, que paga el Gobierno de un Estado que saldrá corriendo cuando le pongan la cuenta en la mesa, en el típico simpa de la izquierda abertzale, porque con abertzales se sientan a hablar y abertzales los han apoyado para que puedan mandar.

La cultura del esfuerzo, de disfrutar de lo conseguido por uno mismo es como el epitafio del monumento al soldado desconocido de cualquier cementerio. Pero a mí me educaron eso. Y qué quieren que les diga, no me gustaba porque eso implica un desgaste personal bastante jodido. Pero lo poco que he hecho siempre lo he conseguido así. No hay otra o no sirvo para otra. Hasta el punto que, cuando escribo estas líneas ya he mandado un mensaje (dentro del ciclo de mi efecto secundario del confinamiento). Ha sido breve, directo, al pie, algo torpe y quizá algo seco. Pero me ha costado casi todo el día intentar poner la primera piedra (puede que la segunda o la tercera, depende de lo que se considere por piedra) para reconstruir el puente que yo mismo volé y sin esperanza alguna de que tenga cemento para hacerlo. Arrepentirse y ser coherente no es de héroes, pero sí de personas razonables. Algo de razón me queda aunque llegue tarde, no la busquen en quienes nos gobiernan con subsidios.