Un efecto secundario del confinamiento


Niños./Foto: LVC

El naranjo, con el tronco encalado aprovisionaba las tardes, con su fruto aun por madurar, para jugar improvisados partidos de fútbol en pantalón corto. Del plátano de sombra caían aquellas bolas peludas que, cíclicamente, se metían por la parte de atrás del cuello de la camisa y bajar por la espalda con su picor insoportable. En el rebate el pan, el aceite y el azúcar marcaron el aroma, el sabor de la infancia. 

Algunas tardes la veía bajar cuesta hacia la casa y se plantaba una sonrisa, que tardaba horas en marcharse. Me enseñaba a jugar, a socializar (algo que me costó desde el minuto cero de mi vida y a lo que he aprendido a restar importancia) y a las cosas de mayores. Nos llevábamos pocos años de diferencia, pero en aquella época -y casi siempre después, para qué negarlo- esa diferencia se notaba.

Los años fueron danzando y ella casi siempre bajaba la cuesta. Algunas veces, al caer la noche, me enseñó el mundo para el que no estaba preparado y no se me quitaba lo sonrisa. Me sentía a salvo, quizá, era una falsa sensación como la de la supuesta felicidad que proporciona el alcohol, pero ella era mi droga, la que me hacía feliz durante el espacio de tiempo de su compañía. Luego estuvo un tiempo en casa. Mientras duró el curso confundí mis libros con los suyos y el oasis que me trajo no me hizo darme cuenta de que era mi hermana mayor.

Un día creí que había crecido, que era lo suficientemente seguro, pagado de mí, para tomar mis propias decisiones, mirar al frente y andar el camino decidido. La sonrisa se me borró de la cara e hice una elección, tan profunda, que hasta hace unos meses no me di cuenta de lo que había hecho, tras doce años. Luego vino la pandemia, el confinamiento y las horas agitadas del día en que las noticias no cesan y las noches pretéritas en que el tiempo danza diferente. Hasta que una noche ella regresó con más fuerza, a la memoria de lo que un día fui y la vi bajando la cuesta y se me escapó aquella sonrisa juvenil.

Ya era vieja; estaba gastada como la del payaso triste que tiene que hacer reír a los demás. Imaginé cómo sería ahora, si me recordaría, si me habría perdonado. Recordé su sonrisa y hasta aquel tic que hacía cuando tenía sueño. Pensé que debía ser un efecto secundario del confinamiento, pero días después, todo sigue aquí y cada vez la sensación es más fuerte.

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