Capataz de nuestras vidas


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Calvario./Foto: Irene Lucena
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Calvario./Foto: Irene Lucena

La mañana comenzó igual. Con el cuerpo un poco más cortado que los días anteriores, las noticias no eran buenas y cuanto más cerca está el Viernes Santo peor sé que lo voy a pasar. Los sones de Virgen de los Reyes me templaron algo el espíritu. 

En la terraza, la mañana era impecable. Miré hacia los balcones y pensé -releyendo a Rafa González- que yo no aplaudiría, mejor sacaría una cacerola o le pagaría a la batería de tambores de una buena banda para que rufasen día y noche en la puerta de la Moncloa, hasta que mandase a su Guardia Mora (al fin y al cabo, a día de hoy, es el primer gobernante en democracia que tiene los mismos poderes que franco).

Con los miles de muertos a la espalda del país y sin ver un féretro en los telediarios, hoy he tenido más claro, si cabe, que las procesiones solo tienen ahora mismo sentido en el interior de uno mismo, en sus recuerdos; que hablar de cruces, ferias y festivales varios es cosa del día después, pero cuando estemos en él. Y, aun así, entiendo perfectamente que cada uno necesite ver a su imagen, pedirle, darle las gracias y, sencillamente, rezarle. Yo que lo he hecho cuando peor estaba, en mitad de una calle, sé lo que alivia y sostiene para apretar los dientes y seguir caminando.

En esa estaba cuando le escribí al hermanito, cuando llegaron los vídeos de los chavales con esa sonrisa franca de la juventud desbordante. Y, entonces, recordé a la familia. Tras el caminar del Señor del Calvario, el recuerdo me hizo susurrar el nombre de David, de Mamen, de Rafa, de Juan, de Álvaro, de Fernando.

La vida es muy injusta casi siempre, por eso se merecen haber pasado un Miércoles Santo lleno de calma, recordando ese caminar por la Vía Sacra del capataz de nuestras vidas, como así llamaban al Señor de San Lorenzo sus costaleros.

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