Los valientes de San Andrés

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Caridad
Palio de María Santísima de la Caridad./Foto: Eva M. Pavón
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Palio de María Santísima de la Caridad./Foto: Eva M. Pavón

El ritual de la mañana ya lo conocen y la primera marcha del día, quien me conoce, se la imagina, ‘Virgen de la Caridad’ de Miguel Herrero. No es la mejor, pero tampoco la peor. Pero es con la que cuando aun no había cumplido los veinte sonó al cruzar el umbral de San Andrés. Luego recuerdo un aplauso, sudor, más ganas que conocimiento y la certeza de que ya sabía por dónde iba mi camino en las cofradías, debajo de un paso. Tras aquella primera vez vendrían momentos inolvidables y capataces de los que he aprendido lo poquito que sé, pero los nombres de aquellos -muchos siguen debajo- valientes de San Andrés se me grabaron a fuego. El Lele, Cabello, Pechos, Rubiales, el Chico, el Tole, el gitano, el Pontes, el Pirri, el Maxi, el Córdoba…

Los años pasaron y cruzar el desierto, salvo algún oasis en el camino, ha sido el ser, el estar ahí de Heidegger, ha sido el tránsito lento hacia la otra orilla de las cofradías. Esa nunca cesa y te enseña la cara que se oculta a la realidad, la que todos obvian y, alguna vez, te hace daño. 

Pero en ese camino puedes descubrir quiénes están de verdad, aunque sean dos o tres. Aunque siempre narremos lo bueno y dejemos lo malo al lado del camino. Pero en ese instante la marcha de Herrero llega a su punto culminante, el de San Zoilo, el de Juan Rufo, el de la primera vez que entró a la Catedral…

Ella es así te deja una cosa buena pero es tan buena, que tapa todo lo malo de alrededor. Me lo dijeron hace mucho tiempo y hasta ahora no he comprendido del todo. 

Hoy, hasta cuando me he puesto la mascarilla casera -que me ha hecho Victoria para compensar los trasquilones- para ir a comprar la tarta de Marcos, ella ha estado más cerca de mí que cualquier Martes Santo. Ha sido tan difícil como el de 2011 cuando bajaba por Deanes y la miraba, tan lejos y tan cerca, como el mal hijo que siempre fui. Pero la desobediencia se ha convertido en disciplina y le he pedido lo mismos hasta el hartazgo.

Ahora, de madrugada, pensando que el cielo ha dejado un Martes Santo de manual en San Andrés, recuerdo que el resto del Martes Santo también existe, pero -disculpen- mi Martes es siempre ella, salvo uno en el que crucé la Puerta del Puente rezando bajo las trabajaderas de otra. 

Al margen de la infidelidad, la otra parte de mí me lleva a dejar por escrito otra promesa. Y es que, al margen de tener a un amigo que es un héroe en cada uno de estos días, con él me falta la penúltima (y ya sabes que te lo dejo por escrito).

El mundo que conocimos se está muriendo, pero lo que conocimos nos hizo muy felices. No se olviden de disfrutar de esta semana santa distinta, pero muy especial. Yo lo comencé a hacer con un grupo de valientes, hace mucho, en San Andrés.

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