El Domingo de Ramos que me hizo llorar

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Domingo
Cristo de las Penas en carrera oficial./Foto: Jesús Caparrós
Domingo
Cristo de las Penas en carrera oficial./Foto: Jesús Caparrós

Me levanté, puse la cafetera, lié el cigarro para después, abrí el ordenador, me puse los auriculares sonó la marcha, ‘Siempre la Esperanza’, y me puse a llorar. Ya era Domingo de Ramos y mis lágrimas no eran porque no hubiesen procesiones (que, probablemente, también influyó); ni porque lleve casi un mes encerrado y me duela la cabeza (que hay bastante espacio donde doler) más de la cuenta por el confinamiento; ni porque vaya a celebrar el cumpleaños mi hijo encerrados los tres (que también)… sino porque la marcha me llevó a otro tiempo y no pude evitar recordar que tengo a un amigo en el hospital con el bicho y le estaba pidiendo a la Virgen lo que ya se pueden imaginar.

Con el cigarro en la terraza (entre chicos de riguroso chandal y paseos de perros) alguien hizo sonar la corneta a la desesperada, tocando a rebato, que para eso era Domingo de Ramos. Un par de horas después había en el parte 82 contagiados más. Vaya día, me dije, para pensar en cofradías o para ver esos informativos en los que con más de medio millar largo de muertos en 24 horas (si los datos son ciertos) lo bueno sea que son menos o que hablen del dato positivo de los curados…

La Borriquita ya debía estar de vuelta y la silueta de Curro, llevando a casa a la Virgen de la Palma, me vino de sopetón. Vaya año para acabar un mandato, me dije, recordando a Paco Figueroa. Luego, entre pieza y pieza (comprobando que la miseria humana es tan grande que se entra a robar el aceite de los pobres a un local de Cáritas), con los auriculares a todo tren y el Youtube on fire, apareció, quién si no, el Cristo de las Penas. Llevaba razón Jesús, hasta en los vídeos tiene algo especial, que te agarra fuerte a la silla. Y eso que horas más tarde tuve que ver el vídeo del tipo vestido de nazareno de Santiago paseando al perro, fruto de la estulticia de nuestro tiempo.

El vídeo de la cuadrilla de la Esperanza me hizo recordar a los Baena. A Ricardo, emocionado en la hermosa y alentadora reproducción; a Javi porque se merece que me acuerde de él en esos momentos, él sabe por qué. 

Luego vino el programa y pude charlar con Curro y ser consciente de que el palio con el que más disfruto cada Domingo de Ramos no iba a verlo, pero la marcha de Rafa Wals y el caminar perfecto de aquella chicotá en el Patio de los Naranjos, se posicionó en algún lugar de mi cerebro, para hacerme entender que he sido un privilegiado, porque he disfrutado de momentos grandes. También estaba Rafa Cuevas y su Virgen de la Encarnación y, allí arriba Luis y Ricardo, vaya primera Semana Santa sin ellos.

¿El Rescatado con túnica blanca? Me lo dijo Agustín y estoy buscando las fotos de un momento que pasó hace décadas. Así acabo el Domingo de Ramos. Con la crónica que debió ser convertida en un artículo de opinión, más experiencial que otra cosa, ya en Lunes Santo, pidiéndole -como hace años hice con mi padre- al Santo Cristo de la Salud que ponga bueno a mi amigo y pronto recordemos estos días como un mal sueño.

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