El respirador

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Respirador./Foto: LVC
Respirador./Foto: LVC

Suena la máquina y le entra una bocanada de aire. Sonríe con las pocas fuerzas que le queda. Es una media sonrisa, como la del soldado de Mostar que tenía una bala en el estómago, antes de que la sangre le provocara un acceso en la boca. 

Cada golpe de aire asistido, artificial, es un puñado de segundos que le gana al tiempo. La fiebre está empezando a subir de nuevo. y, entre las sábanas mojadas, recuerda aquella sonrisa franca como la tierra, la de sus abuelos. Espero que me estén esperando al final del túnel, desea. Pero apenas le quedan fuerzas para abrazarse a esa idea. 

Durante unos minutos -puede que sean horas- reclama que se lo lleven ya, qué no puede más. luego, entre golpe y golpe de aire, siente como le duele hasta la comisura de los labios. El puto bicho… no termina de pensar en su propia rabia cuando un recuerdo lejano se aparece. Hay una botella de zumo reconvertida. Es verano y el bote de cristal torneado ahora se usa como recipiente para poner el agua a enfriar en la nevera. Hace mucho calor y no hay aire acondicionado en aquella cuarta planta.

Sudaba como suda ahora. Sentía la fatiga como la siente ahora. Tenía miedo como lo tiene ahora. Pero resta una última esperanza. Alguien le dijo que eso se contagia, mientras balbucea… siempre la esperanza… tararea los acordes de la marcha y se ve bajo la trabajadera que una vez lo hizo sentir el ser más especial del universo. Cualquiera diría, en esta cama y con este camisón, que soy costalero, se dice.

Tiene miedo y rabia. Puede que hayan pasado dos días o diez minutos, ya no distingue el espacio-tiempo. Siempre ha estado en la cama de ese hospital, como siempre estuvo confinado y como siempre la vida de antes era siempre. Recuerda a su abuelo en la cama de aquel hospital. Aquel abrazo, aquella sonrisa, aquellas lágrimas. Le pide perdón y le susurra, perdóname y espérame. 

La marcha no se va de su cabeza, ni el rostro de la Virgen que siempre fue suya. La máquina bombea al máximo y el le ruega el milagro, el aplauso que hace tanto vio en la tele a los que salían de la UCI y del Ifema. Maldice su suerte (por no utilizar otro exabrupto) y cobra la certeza que mañana él uede ser un número de esos setecientos, ochocientos u novecientos. Esos somos para estos, números que utilizarán en un discurso. Ahora ya maldice al respetable. 

En mitad de la noche la fiebre ha bajado. Trémulo palpa con la mano en busca del móvil. Le manda un mensaje a su mujer. Os quiero, solo eso, para qué más. Un aviso en la pantalla le recuerda que ya es Domingo de Ramos. La máquina reitera su cadencia sobre la nariz y la boca. La marcha vuelve a su cabeza y piensa que no es mal día para morir, pero también lo es para seguir viviendo. 

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