Al bajar la cuesta

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Al bajar la cuesta ya era Semana Santa y la ilusión brillaba en las pupilas como una llama imperecedera. Al bajar la cuesta, las cornetas resonaban en el horizonte, mientras los tambores anunciaban la llegada. Al bajar la cuesta, a cualquiera le entraban ganas de parar en el casino y que le sirvieran una copa por lo bien que lo habíamos hecho. Con los cuellos almidonados de Viernes Santo, de estreno, y la hilaridad recorriendo el adoquín del piso.

Al bajar la cuesta, las ilusiones se abrazaban con la realidad y la felicidad se repetía en bucle, como si no se escondieran las penas tras las rejas de los balcones; como si los campanilleros de Farfán sonaran a perpetuidad en aquellos felices 20; como si Hemingway no echase de menos París porque sus campanas aun no doblaban. 

Al bajar la cuesta las penas eran imposibles. Llevabas su bendición y la Semana Santa estaba a punto de comenzar. Te temblaban las manos pensando en que, un día más, y los sones de la Marcha Real te atraparían y te subirían en la nube de otra realidad más bella y esperada. Perfecta, como si lo de alrededor no existiese.

Al bajar la cuesta la vida estaba llena de plenitud. Nadie hubiera aventurado lo que vendría después: el vaciado absoluto del sentido de lo que hacíamos, de lo que rezábamos, de la superficie sobre lo sustantivo. Al bajar la cuesta nadie hubiera pensado que habría un Viernes de Dolores en que no la bajaríamos, porque teníamos que estar en casa, confinados, asustados, responsabilizados o empecinados en sacar al perro diez veces al día como si la realidad no fuese con nosotros.

Al bajar la cuesta lo hicimos, esta vez, con una marcha languideciente en la memoria; con el dolor profundo -insalvable- de lo que se fue y jamás regresará; con la esperanza de volver allí, aunque sea con la mirada más cansada; con la certeza de que todo alrededor se ha roto y que seremos la primera generación en comenzar a reconstruir nuestro propio estropicio; con las ganas de volver a subir la cuesta, para bajarla después de haber declamado un “viva”, como hoy, a Jesús Nazareno.

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