El club de los idiotas


El chico del riguroso chándal (traje de gala de sábado por la tarde en un centro comercial) sale del portal

Cigarro./Foto: LVC

“Nadie se desembaraza de un hábito o de un vicio tirándolo de una vez por la ventana; hay que sacarlo por la escalera, peldaño a peldaño” (Mark Twain)

No son ni las nueve de la mañana -fumo el primer cigarro- y una chica, con sudadera azul y pelo castaño, está paseando a su perrito. Me lío el tercer cigarro y salgo a fumar de nuevo a la terraza; miro al parque y la chica del jersey azul vuelve a sacar al perro al parque. Entre tanto, un vecino -de riguroso chándal- ha entrado al portal en mi salida al segundo cigarro.

Ha pasado el mediodía y me dispongo a fumarme el cuarto cigarrito. El chico del riguroso chándal (traje de gala de sábado por la tarde en un centro comercial) sale del portal. Termino de almorzar, el encierro es más liviano en la terraza con el quinto cigarrillo. Ahí está, en el parque, con el perro, la chica de la sudadera azul.

Sexto cigarro, después del cafelito; el chico del riguroso chándal vuelve a entrar al portal. Séptimo cigarro, la tarde avanza y en los impares siempre está ella -que lleva más pasos que la campeona olímpica de marcha-, con su jersey azul y su perro incontinente. Mientras en el octavo cigarro y en el noveno entra y sale el del chándal, creo que de un equipo de Londres. Creo que, lo del chándal (no las salidas y entradas) debe ser una especie de homenaje a que han suspendido la Premier y debe ser el más romántico del fútbol de las Islas.

El décimo cigarro lo reservo para el camino entre la puerta de la calle y el contenedor de la basura. Cuál es mi sorpresa cuando me doy de bruces con el chico del chándal, la chica de la sudadera azul (musa de los canes), una pareja con dos perritos pequeñines y otros dos solitarios más con sus perros. En un día normal, a esa hora, no había nadie, pero ahora uno de los encantadores de perros mira absorto el escaparate de una tienda de recambios de baterías de coche.

Intento no acercarme a menos de dos metros de ninguno. Los sorteo con la destreza que me da el miedo al contagio. Llego rápido a casa y no sé ni dónde he tirado el cigarro. Espero que nada salga ardiendo, mientras pienso en lo que he visto hoy y saco una clara conclusión: no soy capaz de dejar el tabaco n con la amenaza del coronavirus.

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