Morir a los diez años

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Hace muchos años alguien me contó una historia. Una de esas que, en la juventud sin responsabilidades familiares, casi pasan por anécdota, por más que no lo sea. El relato en cuestión hablaba de un hombre, que en su vida se enfrentó a numerosas adversidades y a una sociedad que nunca quiso comprenderlo y, seguramente, él a ella tampoco, como un matrimonio mal avenido entre la gente y el ser individual.

A aquel hombre, cuando formó una familia, un día se dio cuenta de que padecía una afección. Fue al médico y, tras pruebas variopintas, le dijeron que debía de operarse o estaba condenado a un final anticipado. Él preguntó a los doctores cuánto tiempo tenía. Tres años. Hizo sus cuentas y vio que podía esperar, que le daba para llegar. Decidió esperar, arriesgándose a dejar este mundo cuando podía ponerle remedio. El motivo era muy simple y muy complejo. Tenía cinco hijos y el menor no había cumplido los diez años. Una edad que era la misma que él tenía cuando su padre murió.

El razonamiento era muy simple y tan complejo como la decisión de un ser humano que se enfrenta al momento decisivo de la vida y se lo anuncian: si haces esto ya te salvas, si no puede que no te dé. Si él había salido adelante sin padre a partir de los diez años, esa era la edad hasta la que debía aguantar por el menor de sus hijos. Se arriesgó y tuvo la suerte de que su hijo menor creció junto a su padre.

Sin embargo, aquel padre y aquel hijo, cuando llegó el trance definitivo muchos años después, no se pudieron despedir en tiempo y forma. Pero el objetivo se había cumplido con creces, aunque por el camino el padre perdiera a otro hijo y el hijo a un hermano.

Esta historia no tiene moraleja, pero hoy (cuando ustedes lo lean, ayer) tuve que contar un ínfimo trozo de la historia de Francisco Javier, un Guardia Civil que tocó en la Estrella (redención para los jóvenes) y al que el coronavirus se lo ha llevado con 38 años. Su hijo tiene diez y ese dato me hizo recordar una de las historias de mi vida. Y esto mientras pensaba que ese hombre ha dicho adiós a este mundo en medio de una crisis en la que nuestros ángeles de la guarda son quienes más se exponen a la pandemia, a la muerte, al adiós prematuro. No lo olviden el día que salgan de sus casas y retomen el pulso de los días, de la vida que se fue y la que resta por delante.

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