Charlie Rivel y la guerra invisible

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Casi ajenos a ver cómo se derrumba lo que hemos conocido y la histeria solo la hemos demostrado en los pasillos de un supermercado

Charlie Rivel.

Juego con Marcos y, a sabiendas de que no me entenderá muy bien, le explico que no me gustan las Fallas, aunque nunca haya ido. No es una contradicción, sino que no me gusta el 19 de marzo, al igual que otros días puntuales del año. Y es que no hay año que llegue este día y, lo primero que haga es acordarme de dos de las personas a las que más he querido en mi vida. 

Anoche, cuando dieron las doce, los felicité como siempre hago, con la esperanza de que me escuchen. Les conté que me ha tocado vivir cosas muy raras y que, la de ahora, es la más extraña. Lo impensable llegó, como un viento frío; como un anochecer al medio día. Permanecemos impávidos. Casi ajenos al ver cómo se derrumba lo que hemos conocido y la histeria solo la hemos demostrado en los pasillos de un supermercado.

“Os reiríais”, les cuento, mientras pienso en la forma de felicitarles por su santo. A ella le confieso que me han dejado sin procesiones ni bandas, pero que la recuerdo cómo si fuera ayer, enfundado en el hábito que me hacía invisible. Y a él le reconozco que siento que esto en una guerra en la que el tiempo, aunque haya quien lo crea aliado, siempre es el enemigo coyuntural del ser humano, que comienza a consumirse desde el día en que llegamos al mundo.

Aquí no hay tiros. Es peor. Hay un enemigo invisible, al que algunos llaman virus y Marcos “bicho”. No se ve hasta que sube la fiebre, hasta que te encierran en la cárcel de tu casa. Te atan a ella, te cierran el bar y la economía se desploma. Ves como la gente de tu entorno te escribe y alguien te dice que ya le han hecho el Erte; o que apenas descansa y trabaja a destajo, porque su trabajo es salvar vidas; o quien te cuenta que no puede ir a trabajar y que el profesor y el ministro se creen que no tienes más vida que estar con tus hijos delante del ordenador toda la mañana; quien se indigna porque dice que “nos han robado las mascarillas” (es ir a esta guerra sin armas); o quien está simplemente triste, porque no sabe cuando podrá dar un beso a su madre y a su padre, porque son mayores.

Leo con marcos un proyecto del Circo, mientras transcribo el testimonio desesperado de un autónomo y pienso que los payasos del circo son los que se se sientan en el gabinete de la Moncloa. El rostro de Charlie Rivel al pasar una de las páginas me recuerda que hacer reír es algo que nos distingue, que hace especial al ser humano. Conclusión, en Moncloa no hay payasos, son algo mucho peor.

Después me llegan dos fotos, primero; y veo el pueblo donde una vez fui muy feliz. Es la señal que me impulsa a escribir esto, a felicitarlos de nuevo de alguna manera, a tener conciencia de que esta guerra solo se está empezando a librar.

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