Eso no es vida


Les confieso que tenía escrito un artículo muy sabinero sobre la Cuaresma. Pero ha habido que aparcarlo. El motivo, cuando sigan leyendo estas líneas (si es que lo hacen) lo entenderán en seguida. 

Muchas tardes paseo por un parque que, hace muchos años tuvo su importancia en mi vida. Y, como un resorte, el rostro de Paco Molina me viene a la memoria. Allí entrevisté a su padre y allí me costó mantener el tipo como nunca antes me había sucedido. Muy cerca de él viven los padres de Paco, un joven cordobés desaparecido hace demasiado tiempo.

Aunque demasiado, al menos para mí, pueden llegar a ser un puñado de horas. Pues imaginen que desaparece alguien a quien quieren con todas sus fuerzas. Pasan las horas, se suceden los días y crece la angustia, las preguntas, las elucubraciones y se instalan en el umbral de un mar de dudas, de porqués, de especulaciones en mitad de todas y cada una de sus noches. 

La piel se va agrietando y ese ser querido no regresa. Preguntan a una y otra vez a los encargados de la investigación; cualquier iniciativa les parece interesante; miran el móvil con la esperanza de que el mensaje imposible, llegue de una… vez. La tortura es peor que cualquier dolor físico. Una trampa mortal, capaz de destruir al más fuerte. Pero algo les impulsa a seguir. El recuerdo de una mirada, de una sonrisa, de una caricia.

Algunas noches me despierto y pienso qué clase de vida puede ser esa. Miro a ambos lados. Todo está bien, pero si alguna vez no lo estuviera no me atrevo a pensar qué sería de la vida que conocí.

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