Está de moda

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Cualquier tiempo pasado no fue mejor, necesariamente. Las calles no se pintaban de sepia, ni las hojas caían, con su languidez macilenta, cuando aquel pasado era presente. Y es que, en aquel presente, el pasado era otro tiempo. Es decir, siempre es presente cuando pensamos y actuamos. Y así sucede en las cofradías, en las que el pilo de su navaja desnuda igual la base de un cirio para incrustarlo en el candelero, que igual corta los hilos del tiempo para dejarnos caer en la nostalgia de lo que no vendrá, de lo que creímos perder, o de aquello que ganamos.

Hace treinta años había mucho por construir. La Semana Santa, en algunos aspectos, era como una obra de la que solo se ven los primeros cimientos. Su encofrado estaba por fraguarse y, ya después, dar comienzo a las labores de albañilería. Había pocos albañiles (costaleros), poco cemento (información) y menos arquitectos (esto último no hace falta explicarlo). La realidad es que era -al menos, así lo recuerdo-, algo de bichos raros. En clase estábamos dos cofrades en un aula de más de cuarenta. Y, cuando hablabas de semana santa, te miraban como si estuvieras pronunciando en griego clásico y, en el mejor de los casos, en castellano antiguo.

A aquel tiempo hay quien lo denomina los años de plomo. Y bien que lo fueron porque ser -o querer ser- cofrade era una heroicidad. Ahora, en cambio, si no lo eres no estás de moda, no eres guay -o cómo se diga- y no eres una fotocopia más en la era de lo políticamente correcto, con su lenguaje inclusivo.

Entonces había carencias, distintas a las de ahora. Pero ni aquello fue mejor, ni tampoco esto. Al menos, eso sí, en la víspera de un Miércoles de Ceniza, no se llevaba mes y medio de lo que llaman “precuaresma” y tenías la ilusión y las ganas, intactas. Eso que hemos perdido por la moda.

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