La cantidad como cualidad


Todas las épocas pasaron y todas vuelven, para abrir y cerrar un ciclo continuo. Quizá, cuando las viejas formas reaparezcan como un espectro en las casas de hermandad, en los locales de ensayo, entonces habrá que volver a las iglesias a ensayar para que no se vean las costuras en la calle de la cuadrilla de turno.

Eso pasaba hasta hace poco más de una década. Eso no era otra cosa que, salvo con un par o dos de capataces, la inmensa mayoría se las veía y se las deseaba para que completar poco más de una cuadrilla. después, con el salto exponencial de la tecnología y las vías de comunicación, la sociedad cambió a su paso y a las cofradías les afectó como a un terremoto, del que aun se sienten las réplicas.

Costaleros.

Ya nada fue igual. Ponerse el gorro se puso de moda. El costalero dejó de ser un “proscrito”, para tonarse en la pieza fundamental. No se decía en público (no queda bonito), pero se le agasajó con peroles mientras, en el castigo va la penitencia, se le exigió más que a todos los demás en más de un sentido y de dos. El dedo acusador se fue necrosando y ya no se criticaban las vueltas del pantalón, las camisetas de tirantes y un largo etcétera de aspectos intrascendentes que, durante un tiempo, construyeron una montaña de reproches que, me atrevería a decir, más que infundados eran la excusa de quienes no tenían a 60 u 80 costaleros para llenar su paso.

Eso sí, la estética se cuidó hasta el punto del surrealismo, convirtiendo la forma en el fondo. El mundo al revés. Los faeneros, los profesionales, regresaron con el concepto afición por bandera. Tal vez, con menos capacidad de sufrimiento, pero como un tsunami que envolvió la playa dorada de las cofradías, para dejar otra arena que, menos limada, no deja de ser fundamental para ir a bañarse.

Los costaleros se convirtieron en casi los grandes protagonistas, admirados y odiados. Podríamos cambiar el tiempo verbal al presente de indicativo, porque sigue pasando mientras sacan los pasos con mayor o menor fortuna, pero prestando un servicio que nunca se quitará la etiqueta de la controversia. Todos los quieren y todos les temen. Todos hablan del nazareno, pero presumen del gran número de aspirantes en la igualá. La cantidad es la cualidad, mientras se omite que si fueron 115 -por decir un número al azar- 30 de los que salieron el año anterior no repiten. Ese tipo de datos es mejor guardarlos, como los trozos del vídeo donde la cuadrilla no acaba de andar como debiera o el capataz da la maniobra al revés. La cantidad lo tapa todo. Es la gran cualidad. La calidad brilla por su ausencia en muchos casos, pero la pérdida de espíritu crítico que llegó de la mano de la posverdad es muy adecuada en estos casos. Pero no olviden que esa máxima no es aplicable en exclusiva a los que portan un paso, ya que algunos de los que mandan adolecen de lo mismo.

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