Dos sonrisas, un corazón


En los años en los que dediqué mis horas a leer varios libros me marcaron para siempre. En uno de ellos había un poema de Gustavo Kavafis, ÍItaca’, que me cambió para siempre la forma de ver el mundo. En tan pocos versos se decía tanto que, lo primero que descubrí, era lo innecesario del artificio, salvo para los días de fiesta y ni eso. Lo segundo es lo verdaderamente sustantivo de la vida. Y ahí no están las metas, los objetivos personales, sino como se alcanzan estos.

Kavafis lo tenía claro, lo importante no era Ítaca, sino el camino. Otro poeta me lo cantó después, al hablar de este mundo de charcos y arena, en el que se ve al hombre caminando. La verdad está en el trayecto y en ser consciente de este y disfrutarlo, en la mayor medida posible. Pero del dicho al hecho hay otro itinerario, muy difícil de cumplir.

Complejo porque la vorágine es tal que solo te permite llegar al siguiente minuto, sin pensar en otra cosa que no sea en lo que estás haciendo. Extraño, porque ese azar te roba el sentido de la lucha y te evita disfrutar de esas pequeñas cosas que son la sal, la pimienta y el bocado tierno del pan cada mañana. Y así he dejado de disfrutar mil cosas, para ganar otras que ni siquiera sé si sirven para algo.

Por eso, cada noche -mientras descubro que nunca voy a poder dejar el vicio-, entre calada y calada repaso el día. Y algunas, cuando la oscuridad es más profunda, me evado de la terraza para viajar al pasado -más o menos reciente- y se me escapa una sonrisa amarga y feliz por lo perdido y lo disfrutado.

Procesión de la Virgen de la Sierra./Foto: Jesús Caparrós

Hubo un día en que fuimos a verla a Ella y le encendimos unas velas. Comimos en un bar de carretera, como cuando era un niño. Los tres fuimos niños otra vez y, de regreso a Córdoba, con la Virgen milagrosa grabada en nuestras retinas alargamos la tarde un poco más.

Poco después pasó lo que pasó y entendí que aquel domingo fue un regalo de la Virgen. Lo que pasa es que cuando lo tienes delante, hay ocasiones, en que no lo ves. Una paradoja cruel, un ensimismamiento inoportuno. Sin embargo, este domingo la Virgen milagrosa no estaba delante, pero sí que la vi. En la sonrisa de los dos, en la foto de Marcos con Miguel. En sus miradas cuando fui a recogerlos. Luego cayó la noche y, ya en la terraza, volví a recordar los años en que me dediqué a leer y regresó Ítaca, con su promesa de un trayecto lento. Sus sonrisas volvieron a la memoria, al centro del corazón como un puñal, como un aviso, un estandarte y una bandera. Y me fui a dormir tranquilo, porque -aunque tarde- estoy aprendiendo a disfrutar del camino.

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